Comencemos viendo un breve video
Te propongo lo siguiente:
- Vuelve a mirar el video y lee con atención TODOS los textos que aparecen a continuación.
- Una vez hecho esto, clasifica los textos en tres categorías, las que se detallan en el video. Explica a qué género literario pertenece cada uno, nombrando cada uno de ellos, y qué características en común, o diferencias, poseen entre sí.
- Realiza una breve reflexión o comentario sobre cada uno de los textos: ¿qué imopresiones obtuviste?, ¿qué te pareció?, ¿qué emociones te generó?, etcétera.
MARIO BENEDETTI
Cuando éramos niños
Cuando éramos niñoslos viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
JULIO CORTÁZAR
Continuidad de los parques
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
VÍCTOR MANUEL LEITES
Doña Ramona (Fragmento)
PERSONAJES
Magdalena
Dolores
Amparo
Concepción
Alfonso
Ramona
Sra. Lautier
Primera parte
Magdalena carga con dificultad un gran canasto con provisiones. Se detiene en medio del escenario y mira con precaución hacia los lados. Pone el canasto sobre la mesa y revuelve con fruición seleccionando un paquete, lo perfora y vuelca el contenido en os bolsillos del delantal. En plena operación se escucha la voz de Dolores que la está buscando: “Magdalena, no te pierdas esto!”, Sobresalto y apuradas maniobras de Magdalena. Durante casi toda la escena su atención será para el canasto y los comestibles.
DOLORES. -¡Magdalena... mira... mirá estos figurines! ¡Fijáte qué vestidos!
MAGDALENA.- Ja... ¡justo como para mí!
DOLORES. - ¡Faldas amplias de terciopelo inglés, alforzas, trencillas, bordados, mangas abullonadas, cinturas como avispas! ¿Qué te parece?
MAGDALENA- ¡Uy! Pero fíjese en esto, niña Dolores, ¿qué es?
DOLORES.- Sombreros. ¡Sombreros como pájaros, seis, siete, ocho plumas! Sombreros con alas, con cintas y tules..
MAGDALENA.- Se lo dije: nada pa'mí.
DOLORES. -¡No te vayas...! También aquí, hay algo para vos... ¡Aquí dice que tendrás un día de descanso a la semana! ¿Te das cuenta? ¡Y además no podrás trabajar más de nueve horas por día... ¡La cara que pondrá Alfonso cuando esta ley se apruebe!
MAGDALENA.- ¿Cómo? ¿También se enterará su hermano Alfonso?
DOLORES. - Ya lo creo. Será una Ley de la Nación.
MAGDALENA.-Entonces no hay nada que hacerle...
DOLORES- Pero ¿no estás contenta?
MAGDALENA.- ¿Y será obligación?
DOLORES.- Claro, una ley es una ley. (Señalando el retrato.) ¡Del propio Presidente Batlle! MAGDALENA. -¡Un día entero fuera de la casa! ¿Dónde me meto?¿Dónde duermo? ¿Y comer? ¡Me quiere decir qué hago todo el santo día hasta la noche, eh!
DOLORES. - Pero mujer, es una conquista enorme. Trabajarás sólo nueve horas.
MAGDALENA. -¿Y dónde está la ganancia? Cinco horas me lleva solo la cocina y los patios. Después quedan los cuartos, la ropa, los pisos, sin hablar del planchado, los muebles y los mandados. ¡Cómo voy a hacer todo eso en sólo nueve horas! Perdóneme, pero su ley es un soberano abuso.
DOLORES. - Traquilizate: se trata de un beneficio para los trabajadores.
MAGDALENA- Pero, como siempre, quien se beneficia es el patrón. ¡Claro, como una no entiende nada de política, abusan! (Agarra el canasto.) ¡Nueve horas para todo el trabajo! ¡Una tiene sólo dos manos, qué embromar!
DOLORES - ¡Pero no seas testaruda! Si primero desconfiás, nunca vas a entender nada. Lo que aquí dice...
AMPARO. -Otra vez llenándole la cabeza a Magdalena. Cuándo dejarás de repetir como un loro toda esa fanfarria que leés.
DOLORES. - ¡Fanfarria! ¿Cómo fanfarria?
AMPARO. - ¿Y qué hace aquí el pedido del almacén? (A Magdalena.) No me digas que tardó casi una hora en llegar desde el zaguán hasta aquí. (Revisa el canasto). Y vos, en lugar de leer tantas macanas podías haber controlado el pedido.
DOLORES. - Pues esas "macanas" las lee mucha gente.
AMPARO. - Yo diría que demasiada.
DOLORES. -Es el diario del presidente, qué embromar. ¡Bien que tienen su retrato!
AMPARO.- Cosas de tu hermano. Él dice que un comerciante tiene la obligación de ser oficialista, aunque le reviente. (A Magdalena.) Che, ¿otra vez se desparramó el azúcar? ¡Mmm! Lleva todo. (Le saca el diario y lo pone en el canasto.)
MAGDALENA.- ¿El diario también?
AMPARO. - SÍ, total, vos no sabés leer.
DOLORES (a Magdalena que sale, desafiante). - No importa, cuando tengas un poco de tiempo y ganas, yo te enseñaré.
(AMPARO Y DOLORES HAN QUEDADO SOLAS.)
AMPARO. - Lo que faltaba; a ésta le ha dado por robar azúcar.
DOLORES.- Saca un poco para el mate. Te metes hasta en lo que no vale la pena.
AMPARO. -¡Claro, mocosa! ¿O te creés que la casa marcha sola?
DOLORES. - Bien podría; plata no nos falta.
AMPARO. -Ordinaria. ¡Plata, plata... materialismo! Ese es el resultado de leer ese pasquín. No, no te rías. Muchos opinan como yo.
DOLORES.- Justo, los que tienen plata. (Al ver el gesto.) Bueno, no te enojes. Sólo quería decir que la barraca es grande y Alfonso no la lleva mal.
AMPARO.- Pero él es un hombre y los hombres están fuera de casa, Y aquí la que tiene que estar siempre al pie del cañón soy yo.
DOLORES.- Está bien, está bien. ¡Basta de tus sacrificios! (Inicia mutis.)
AMPARO. -¡Y el primero fue ocupar el lugar de nuestro padre y nuestra madre! ¡Que Dios los tenga en su Santa Gloria! (Al ver que Dolores se va sin hacerle caso.) Dije: ¡Que - Dios - los - tenga - en - su - Santa Gloria!
DOLORES- (Sin ganas). - Amén.
AMPARO - A veces pienso que de haberme casado, yo no sería la solterona a quien todos se complacen en fastidiar...
DOLORES. - Novio conociste, Y dicen que se "conocieron"' bastante...
AMPARO - ¡Cuidado! ¡Nada de insinuar cosas ni en broma!
DOLORES- (Abrazándola). Bueno, basta ya. No fue mi intención ofenderte. Y en cuanto a eso de solterona, todavía está por verse.
AMPARO. - Eso es lo peor: solterona. ¿Por qué, Señor, no me casé cuando tuve la oportunidad?... Porque a mí me tocaba primero. ¡Soy la mayor, no!
DOLORES. - Y te casarás. Verás que el día menos pensado tendremos confites en tu honor.
AMPARO (Incrédula). - Anda, anda... confites.
DOLORES. - ¡El futuro se anuncia lleno de promesas! Gente nueva, nuevas costumbres, la ciudad entera crece...
AMPARO. -El vicio crece.
DOLORES. -Modas paquetas y lujosas: gente nueva y fascinante...
AMPARO. Bah, puro gringo'.
MARIO BENEDETTI
Los bomberos
Olegario no solo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”.
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
ROBERTO ARLT
La isla desierta (Fragmento)
PERSONAJES
EL JEFE.
MANUEL.
MARÍA.
EMPLEADO 1.º.
EMPLEADO 2.º.
TENEDOR DE LIBROS.
EMPLEADA 1.ª.
EMPLEADA 2.ª.
EMPLEADA 3.ª.
CIPRIANO, mulato.
DIRECTOR.
Acto único
ESCENA
Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los EMPLEADOS. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso.
EL JEFE.- Otra equivocación, Manuel.
MANUEL.- ¿Señor?
EL JEFE.- Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL.- Lo siento, señor.
EL JEFE.- Yo también. (Alcanzándole la planilla.) Corríjala. (Un minuto de silencio.)
EL JEFE.- María.
MARÍA.- ¿Señor?
EL JEFE.- Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA.- (Acercándose al escritorio del JEFE.) Lo siento, señor.
EL JEFE.- También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.
Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando la ventana.
EL JEFE.- (Irritado.) ¡A ver si siguen equivocándose!
(Pausa.)
EMPLEADO 1.º.- (Con un apagado grito de angustia.) ¡Oh!, no; no es posible.
(Todos se vuelven hacia él.)
EL JEFE.- (Con venenosa suavidad.) ¿Qué no es posible, señor?
MANUEL.- No es posible trabajar aquí.
EL JEFE.- ¿No es posible trabajar aquí? ¿Y por qué no es posible trabajar aquí? (Con lentitud.) ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL.- (Poniéndose de pie y gritando.) ¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aquí? Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aquí?
EL JEFE.- No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL.- Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana.) Los culpables de que nos equivoquemos son esos malditos buques.
EL JEFE.- (Extrañado.) ¿Los buques? (Pausa.) ¿Qué tienen los buques?
MANUEL.- Sí, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla.) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS.- Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos equivocábamos nunca.
MARÍA.- Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1.ª.- Hace siete años.
EMPLEADO 1.º.- ¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2.º.- Claro que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS.- Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la contabilidad.
EL JEFE.- ¿Lo creen?
MANUEL.- Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA.- Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS.- Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2.ª.- Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE.- ¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA.- ¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.
EMPLEADA 2.ª.- Parece mentira que ninguno haya viajado.
EMPLEADO 2.º.- ¿Y por qué no ha viajado usted?
EMPLEADA 2.ª.- Esperaba a casarme...
TENEDOR DE LIBROS.- Lo que es a mí, ganas no me han faltado.
EMPLEADO 2.º.- Y a mí. Viajando es cómo se disfruta.
EMPLEADA 3.ª.- Vivimos entre estas cuatro paredes como en un calabozo.
MANUEL.- Cómo no equivocarnos. Estamos aquí suma que te suma, y por la ventana no hacen nada más que pasar barcos que van a otras tierras. (Pausa.) A otras tierras que no vimos nunca. Y que cuando fuimos jóvenes pensamos visitar.
EL JEFE.- (Irritado.) ¡Basta! ¡Basta de charlar! ¡Trabajen!
MANUEL.- No puedo trabajar.
EL JEFE.- ¿No puede? ¿Y por qué no puede, don Manuel?
MANUEL.- No. No puedo. El puerto me produce melancolía.
EL JEFE.- Le produce melancolía. (Sardónico.) Así que le produce melancolía. (Conteniendo su furor.) Siga, siga su trabajo.
MANUEL.- No puedo.
EL JEFE.- Veremos lo que dice el director general. (Sale violentamente.)
IDEA VILARIÑO
Ya no
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
FLORENCIO SÁNCHEZ
El desalojo (Fragmento)
PERSONAJES
ENCARGADA.
VECINA 1.ª .
VECINA 2.ª .
INVÁLIDO.
GENARO.
JUAN.
INDALECIA.
CHICOS.
UNA NENA.
PERIODISTA.
FOTÓGRAFO.
VECINO.
COMISARIO.
Escena I
ENCARGADA.- (Saliendo de una de las habitaciones.) Ya sabe, ¿eh? Bueno; que non se le orvide. Son cansada de esperar que hoy e que mañana e que de aquí a un rato...
VECINA 1.ª.- ¿Qué le hemos de hacer? ¡Cuando no se puede, no se puede!
ENCARGADA.- Antonce no se arquila los cuartos, ¿sabe? ¿Se ha pensao que estamo en una república, aquí?... L'arquiler es lo primero.
VECINA 1.ª.- ¡Bueno, bueno!... ¡Basta! ¡No precisa hablar tanto!
ENCARGADA.- Eso digo yo. Non precisa hablar tanto. A la fin de mes se paga e nos quedamos todos callao la boca... (Alejándose.) Sí, señor. E non precisa tanto orgullo... Se quieren vivir de arriba, se compra el palacio del congreso, ¿sabe? ¡en la calle Entre Ríos!... (Tropieza con un mueble.) ¡Ay!... ¡Dío!...
VECINA 1.ª.- (Aparte.) ¡No haberte roto algo!...
ENCARGADA.- ¡Ay!... ¡Madona Santísima!... ¡Uiii!... (Golpea el mueble con rabia, volviéndose a INDALECIA.) ¿Y osté también se ha pensao tener todo el año esto cachivache ner patio?... Non tiene vergüenza...
INDALECIA.- ¡Pero, señora...! Si yo...
ENCARGADA.- ¡Un corno! Se le hubiesen tirao esta porquería de muebla a la calle, non estaría tanto tiempo sen buscar pieza. Parece mentira. (Quejándose.) ¡Ay, ay, ay!...
VECINA 2.ª.- (Aproximándose.) ¿Se lastimó mucho, señora?...
ENCARGADA.- ¡Qué sé yo!... Un gorpe tremendo.
VECINA 2.ª.- ¡A ver! Esos golpes saben ser malos...
VECINA 1.ª.- (Burlona.) ¡Ah!... Se le puede formar un cáncer... Llamen a la Asistencia...
ENCARGADA.- Mire, mire, doña Francisca. Venga.
(Se oculta detrás de los muebles para enseñarle la pierna lastimada. Dos inquilinos que salen rumbo a la calle, se detienen a mirar.)
VECINA 2.ª.- ¡Ay, qué temeridad!...
ENCARGADA.- Ner mismo güeso... Vea. (Viendo a los vecinos.) ¿Y ustedes qué quieren? ¿No tienen nada más que hacer?...
VECINA 2.ª.- ¡Ave María! ¡Tanta curiosidad!...
(Los dos vecinos se alejan riendo.)
VECINA 1.ª.- (Deteniéndolos.) Diga, Juan, ¿no sabe si dan baile este sábado los «Adulones del Sur»?
JUAN.- Creo que sí. (Mutis de ambos.)
VECINA 2.ª.- Lo que es usted no faltará.
VECINA 1.ª.- No estoy invitada. La fiesta es pa ustedes los socios, no más... ¡ja, ja!... (Mutis.)
VECINA 2.ª.- ¡Dispará no más, comadre!...
ENCARGADA.- ¡Déquela!... Non vale la pena...
VECINA 2.ª.- Tiene razón. Venga a mi cuarto. Le daré una frotación de aguardiente... Venga... También, la verdad es que ni se puede caminar en este patio.
ENCARGADA.- Naturalmente. Con toda esta porquería de cachivache adentro...
VECINA 2.ª.- Un día, pase; dos, también; pero más, ¡es demasiada pachorra!...
INDALECIA.- (Tristemente.) ¡Ay, señora; ruéguele a Dios que no se vea en nuestro caso!
VECINA 2.ª.- ¡Pierda cuidado!... Mientras él me dé salú para trabajar, puedo estar tranquila. No ha de ser esta persona quien se quede de brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo.
ENCARGADA.- Eso, eso digo yo. Mire, doña Indalecia; crea que no lo hago de gusto, porque el buen corazón lo tengo, ¿sabe? Ma non se puede estar estorbando a la quente todo el tiempo...
INDALECIA.- ¿Qué debo hacer?... ¿Quieren que me tire al río con todos mis hijos?
VECINA 2.ª.- No decimos tanto. Pero... moverse, caminar, buscar trabajo... En este Buenos Aires no falta en qué ganarse la vida.
INDALECIA.- ¡Pero señor! Si no he hecho otra cosa que buscar ocupación. Ustedes bien lo saben. Costuras no le dan en el registro a una mujer vieja como yo. Ir a la fábrica no puedo, ni conchavarme, pues tengo que cuidar a mis hijos...
ENCARGADA.- Ma dícame un poco, ¿qué le precisa tener tanto hijos?... Si no hay con qué mantenerlos, se agarran y se dan.
VECINA 2.ª.- ¿Y los asilos?
VECINA 1.ª.- ¡Oh!... ¡Eso es muy fácil decirlo!... ¡Pobrecitos!...
ENCARGADA.- Pobrecito, pobrecito, e mientras tanto muerto de hambre como los gatos, robando la comida en casa de lo vecino...
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
La marioneta de trapo
Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva, pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco y soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos perdemos sesenta segundo de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás se duermen, escucharía mientras los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate…
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón… Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos…
Dios mío si yo tuviera un trozo de vida… No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi favorita y viviría enamorado del amor.
A los hombres, les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos, a mis viejos, les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes los hombres… He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que un hombre únicamente tiene derecho a mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente mucho no habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo...
DELMIRA AGUSTINI
El intruso
Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura;
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.
¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
y si duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
y tiemblo si tu mano toca la cerradura;
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!
Trabajo realizado por el prof. Cristhian da Costa
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