jueves, 14 de marzo de 2024

La canción de Rolando

 Anónimo (1.100 d.C.)


ADVERTENCIA DEL TRADUCTOR


JOSEPH BÉDIER, que realizó la versión moderna de La Chanson de Roland, es también autor de un erudito prólogo que encabeza la edición francesa de la obra, y (que no reproducimos por considerarlo de limitado valor para el lector de habla castellana, ya que se refiere sobre todo al aspecto lingüístico del poema. Sin embargo, conviene destacar en él algunos elementos de interés general. Bédier, notable estudioso, ha dedicado largos años a su labor de investigación, cuyos resultados ha publicado en un volumen de comentarios de La Chanson de Roland. Según su autorizada opinión, el único manuscrito que ha conservado la belleza integral del célebre poema es el que lleva el número 23 del fondo Digby de la Biblioteca Bodleyana de Oxford, al cual se ha remitido para sus trabajos. Este manuscrito, que reúne 4002 versos, y está firmado "Turoldus" es, nos dice Bédier, obra de un copista anglo-normando que realizó la transcripción hacia 1170. Siempre según Bédier, el poeta debió escribir La Chanson de Roland hacia 1100. Queda la incógnita del idioma o dialecto en que fue compuesto el poema, y que ha dado lugar a varias teorías, adaptada cada una de ellas a una versión distinta de la obra, Joseph Bédier, que ha examinado detenidamente los demás manuscritos, cotejándolos con el oxoniense, llega, a la conclusión terminante de que este último es el único valedero. En apoyo de su aserto, nos hace notar que cuando se presenta una discrepancia entre la versión de Oxford y alguna de las demás versiones, es siempre notorio el error, de la última, error que, por otra parte, repiten los manuscritos posteriores. De ahí que éstos no puedan ser considerados como transcripciones directas del original, sino como copias de documentos que han sufrido alteraciones y modificaciones. Queda de este modo establecido que la presente traducción castellana ha sido hecha sobre un texto a todas luces fidedigno.

Considerando que uno de los mayores atractivos de la obra estriba en su noble simplicidad, no hemos querido sobrecargar esta edición con notas y comentarios que dificultan la lectura. Por ello consignamos a modo de advertencia algunos detalles técnicos que favorecen su comprensión.

Uno de los problemas que se han presentado en el curso de la traducción ha sido la equivalencia de los nombres propios y de lugar.

Siguiendo el parecer del Prof. D. Ramón Menéndez Pidal, cuyo consejo agradecemos, hemos transcrito sin modificaciones o, según los casos, dando a las palabras una grafía en consonancia con la fonética española, todos los nombres propios de filiación incierta o simplemente imaginarios. Así los vocablos "Marbrise y Marbrose", que otros traductores interpretan como Mallorca y Menorca (hipótesis que el mismo texto torna dudosa), conservan el poético apelativo que les dio el autor primitivo de la Canción. Por otra parte, cuando es evidente la identificación del término francés con personas o lugares cuyos nombres son conocidos en castellano, hemos traducido siempre de acuerdo con los más severos criterios. Es así como nos hemos valido, para nuestro propósito, de las nomenclaturas tradicionales de los antiguos romances carolingios, que también utilizaron Angel J. Batistessa y Benjamín James, este último respaldado por la autoridad del Prof. Menéndez Pidal.

Finalmente, en ciertos pasajes del poema señalados entre corchetes, ofrecemos una interpretación personal del texto primitivo en francés arcaico que Joseph Bédier no ha "traducido" al lenguaje moderno, limitándose a marcarlo con puntos suspensivos. Hemos optado por esta solución, que el rigor crítico de Bédier rechaza, a fin de no romper el hilo de la narración. (Tal ocurre, por ejemplo, en la pág. 36 del presente volumen, en la que el texto comprendido entre corchetes corresponde al verso 602 del original primitivo: "Puis si cumencet a venir ses tresors", de aparente significado, en nuestra opinión.)

En cuanto al lenguaje empleado en la versión castellana, hemos procurado acercarnos lo más posible al de nuestras canciones de gesta y romances, utilizando para los saludos y las frases características expresiones y giros propios de la época. El mismo criterio ha imperado para designar las piezas principales del atavío y de las armas, para las cuales se ha tenido en cuenta la terminología antigua.

Establecidos estos elementos de juicio, sólo nos resta ahora remitirnos a la opinión del lector, para quien, en última instancia, se han conjugado los esfuerzos del cantor anónimo, de su intérprete moderno, Joseph Bédier, y de su traductor en idioma español, quien de este modo rinde su modesto tributo a esta joya de la poesía universal.

E. M.



I

EL REY CARLOS, nuestro emperador, el Grande, siete años enteros permaneció en España: hasta el mar conquistó la altiva tierra. Ni un solo castillo le resiste ya, ni queda por forzar muralla, ni ciudad, salvo Zaragoza, que está en una montaña. La tiene el rey Marsil, que a Dios no quiere. Sirve a Mahoma y le reza a Apolo. No podrá remediarlo: lo alcanzará el infortunio.


II

EL REY MARSIL se encuentra en Zaragoza. Se ha ido hacia un vergel, bajo la sombra. En una terraza de mármoles azules se reclina; son más de veinte mil en torno a él. Llama a sus condes y a sus duques:

Oíd, señores, qué azote nos abruma. El emperador Carlos, de Francia, la dulce, a nuestro país viene, a confundirnos. No tengo ejército que pueda darle batalla; para vencer a su gente, no es de talla la mía. Aconsejadme, pues, hombres juiciosos, ¡guardadme de la muerte y la deshonra! No hay infiel que conteste una palabra, salvo Blancandrín, del castillo de Vallehondo.


III

ENTRE los infieles, Blancandrín es juicioso: por su valor, buen caballero; por su nobleza, buen consejero de su señor. Le dice al rey:

¡Nada temáis! Enviad a Carlos, orgulloso y altivo, palabras de servicio fiel y de gran amistad. Le daréis osos, y leones y perros, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientas muías, cargadas de oro y plata y cincuenta carros, con los que podrá formar un cortejo: con largueza pagará así a sus mercenarios. Mandadle decir que combatió bastante en esta tierra; que a Aquisgrán, en Francia, debería volverse, que allí lo seguiréis, en la fiesta de San Miguel, que recibiréis la ley de los cristianos; que os convertiréis en su vasallo, para honra y para bien. ¿Quiere rehenes?, pues bien, mandémosle diez o veinte, para darle confianza. Enviemos a los hijos de nuestras esposas: así perezca, yo le entregaré

el mío. Más vale que caigan sus cabezas y no perdamos nosotros libertad y señorío, hasta vernos reducidos a mendigar.


IV

PROSIGUE Blancandrín:

Por esta diestra mía, y por la barba que flota al viento sobre mi pecho, al momento veréis deshacerse el ejército del adversario. Los francos regresarán a Francia: es su país. Cuando cada uno de ellos se encuentre nuevamente en su más caro feudo, y Carlos en Aquisgrán, su capilla, tendrá, para San Miguel, una gran corte. Llegará la fiesta, vencerá el plazo: el rey no tendrá de nosotros palabra ni noticia. Es orgulloso, y cruel su corazón: mandará cortar las cabezas de nuestros rehenes. ¡Más vale que así mueran ellos antes de perder nosotros la bella y clara España, y padecer los quebrantos de la desdicha!

Los infieles dicen:

Quizá tenga razón.


V

EL REY MARSIL ha escuchado a sus consejeros. Llama a Clarín de Balaguer, Estamarín y su par Eudropín, y a Priamón y Guarlan el Barbudo, y a Machiner y su tío Maheu, y a Jouner y a Malbián de Ultramar, y a Blancandrín, para hablar en su nombre. Entre los más felones, toma a diez aparte y les dice:

Señores barones, iréis hacia Carlos. Está ante la ciudad de Cordres, a la que ha puesto sitio. Llevaréis en las manos ramas de olivo, en señal de paz y humildad. Si gracias a vuestra habilidad, podéis llegar a un acuerdo con él, os daré oro y plata a profusión, tierras y feudos a la medida de vuestros deseos.

¡Nos colmáis con ello! —dicen los infieles.


VI

EL REY MARSIL ha escuchado a sus consejeros. Dice a sus hombres:
—Señores, partiréis. Llevaréis en las manos ramas de olivo, y le diréis al rey Carlomagno que por su Dios tenga clemencia; que no verá pasar este primer mes sin que yo esté junto a él con mil de mis fieles; que recibiré la ley cristiana y me convertiré en su deudor con todo amor y toda fe. ¿Quiere rehenes? Pues, en verdad, los tendrá.

Con ello obtendréis un buen acuerdo —dice Blancandrín.


VII
MARSIL manda traer diez mulas blancas, que le había enviado el rey de Adalia. Son de oro sus frenos; las sillas tienen incrustaciones de plata. Los mensajeros montan; llevan en las manos ramas de olivo. Van hacia Carlos, que en Francia tiene su feudo. No podrá remediarlo Carlos: lo engañarán.


VIII
EL EMPERADOR se muestra alegre; está de buen humor, pues ya conquistó Cordres. Ha destruido sus murallas y ha abatido las torres con sus catapultas. Sus caballeros han hallado gran botín: oro, plata y preciosas armaduras. Ni un solo infiel quedó en la villa: todos murieron o fueron bautizados. El emperador se halla en un gran vergel: junto a él, están Rolando y Oliveros, el duque Sansón y el altivo Anseís, Godofredo de Anjeo, gonfalonero del rey, y también Garín y Gerer, y con ellos muchos más: son quince mil de Francia, la dulce. Los caballeros se sientan sobre blancas alfombras de seda; los más juiciosos y los ancianos juegan a las tablas y al ajedrez para distraerse, y los ágiles mancebos esgrimen sus espadas. Bajo un pino, cerca de una encina, se alza un trono de oro puro todo él: allí se sienta el rey que domina a Francia, la dulce. Su barba es blanca, y floridas sus sienes; su cuerpo es hermoso, su porte altivo: no hay necesidad de señalarlo al que lo busque. Y los mensajeros echan pie a tierra y lo saludan con amor y respeto.


IX
BLANCANDRÍN es el primero en hablar. Dícele al rey: —¡Os saludo en nombre del glorioso Dios que debemos adorar! Oíd lo que os manda decir el valeroso rey Marsil. Se ha instruido en la ley salvadora; por ello quiere daros riquezas a profusión, osos y leones, perros que se pueden llevar con correa, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata, cincuenta carros con los que formaréis un cortejo, y colmados de tantos besantes de oro fino que podréis pagar con largueza a vuestros mercenarios. Durante largo tiempo permanecisteis en esta tierra. A Aquisgrán, en Francia, os convendría regresar. Allí os seguirá, os lo promete, mi señor.
El emperador alza las manos hacia Dios, inclina la cabeza y se pone a meditar.

X
EL EMPERADOR mantiene inclinada la cabeza. Jamás fueron apresuradas sus palabras: tal es su costumbre, sólo habla cuando le viene en gana. Cuando por fin se yergue, resplandece de orgullo su rostro.

Habéis hablado muy bien —contesta a los mensajeros—. Mas el rey Marsil
es mi gran enemigo. ¿Qué garantía tendré yo sobre las palabras que acabáis de pronunciar?

Tendréis rehenes —replica el sarraceno—. Diez, quince o veinte. Así deba perecer, pondré con ellos a un hijo mío, y recibiréis, según creo, otros de mayor alcurnia. Cuando os encontréis en vuestro soberbio palacio, durante la gran fiesta de San Miguel del Peligro, estará junto a vos mi señor, os lo asegura. Allí, en vuestras fuentes, que Dios hizo para vos, quiere recibir el bautismo.

Responde Carlos:

Quizá pueda alcanzar aún la salvación.


XI
LA TARDE es hermosa y luce claro el sol. Carlos ordena que las diez mulas sean conducidas al establo y hace levantar una tienda en el gran vergel. Allí dará
albergue a los diez mensajeros; doce sargentos cuidan con esmero de su servicio. Reposan esa noche hasta que despunta el claro día. El emperador se ha levantado temprano; ha escuchado misa y maitines. Se ha retirado bajo un pino y manda llamar a sus barones para hacerse aconsejar: en toda circunstancia, quiere que sus guías sean los de Francia.


XII
EL EMPERADOR Se halla bajo un pino; ha llamado a sus barones para
escuchar su consejo; el duque Ogier y el arzobispo Turpín, Ricardo el Viejo y su sobrino Enrique, y también el animoso conde de Gascuña Acelino, Tibaldo de Reims y su primo Milón. Vienen asimismo Gerer y Garín; y con ellos el conde Rolando y Oliveros, el noble y denodado; son más de mil los guerreros de Francia; también se halla Ganelón, el que había de traicionarlos. Da comienzo entonces el consejo que debía acarrear terrible infortunio.


XIII
—SEÑORES barones —dice el emperador Carlos—, el rey Marsil me ha enviado sus mensajeros. Desea darme de sus riquezas a profusión: osos y leones, perros amaestrados para que se les pueda llevar con correa, setecientos camellos y mil azores a punto de ser mudados, cuatrocientas muías cargadas de oro de Arabia y además cincuenta carros. Pero me pide que me retire a Francia: dice que me seguirá a Aquisgrán, a mi palacio, y que recibirá nuestra ley, la más santa, según confiesa; será cristiano, tendrá sus tierras como vasallo mío. Pero ignoro cuál es el fondo de su corazón.

Desconfiemos —dicen los franceses.


XIV
EL EMPERADOR ha expresado su pensamiento. El conde Rolando, que no
está de acuerdo, al momento se yergue para contrariarlo. Le dice al rey:

¡Desdichado de vos, si creéis las palabras de Marsil! Son ya siete años enteros los que llevamos en España. He conquistado para vos Noples y Comibles; he tomado Valtierra y las tierras de Pina, Balaguer, Tudela y Sevil. Entonces el rey Marsil llevó a cabo una gran traición: envió a quince de sus infieles hacia vos, llevaban todos una rama de olivo en la mano y os dijeron las mismas palabras que ahora. Pedisteis consejo a vuestros franceses. A fe que os lo dieron muy insensato: enviasteis al infiel a dos de vuestros condes, uno era Basan y el otro. Basilio; cerca de Altamira, en pleno monte, cortó sus cabezas. ¡Continuad la guerra como la emprendisteis! Conducid a Zaragoza a la flor de vuestro ejército; ponedle sitio, así deba durar toda vuestra vida, y vengad aquellos que el traidor mandó matar.

XV
EL EMPERADOR mantiene inclinada la cabeza. Alisa su barba y manosea su mostacho; ni aprueba a su sobrino, ni lo regaña: nada responde. Los franceses guardan silencio, excepto Ganelón. Se pone de pie, e irguiendo el cuerpo, se presenta ante Carlos. Con gran altivez comienza a hablar, y dice al rey:

¡Ay de vos si escucháis al villano, sea yo, o cualquier otro, que no os aconsejara para vuestro bien! Cuando el rey Marsil os manda decir que se convertirá en vuestro vasallo, juntas las manos, y que recibirá toda España como un don de vuestra gracia, y que además acatará la ley que nosotros observamos, aquel que os aconseje que desechemos semejante acuerdo en poco aprecia, señor, nuestra vida. No debe prevalecer un consejo de orgullo. ¡Dejemos a los locos, atengámonos a los juiciosos!

XVI
ENTONCES se adelanta Naimón; no existe mejor vasallo en toda la corte. Le dice al rey:
—Habéis oído la respuesta de Ganelón; es muy sensata, sólo os resta ponerla en práctica. El rey Marsil ha perdido la guerra: le habéis tomado todos sus castillos; con vuestras catapultas habéis destrozado sus murallas; habéis incendiado sus ciudades y vencido a sus hombres. Hoy, cuando os pide que le otorguéis clemencia, sería pecado causarle más desdichas. Puesto que quiere entregaros rehenes como garantía, no debéis prolongar esta gran guerra.

¡El duque tiene razón! —dicen los franceses.


XVII
—SEÑORES barones, ¿a quién hemos de enviar a Zaragoza, hacia el rey Marsil? -—pregunta Carlos. El duque Naimón responde al punto:

Iré yo, con vuestra venia: entregadme, pues, el guante y el bastón.
—Sois hombre de buen consejo —dice el rey-—; por mis barbas que no os alejaréis de mi lado tan pronto. ¡Regresad a vuestro sitio, que nadie os pidió nada!

XVIII
—SEÑORES barones, ¿a quién podríamos enviar al sarraceno que es dueño de Zaragoza?

Muy bien podría ser yo —contesta Rolando.

Por cierto que no iréis —dice el conde Oliveros—. Vuestro corazón es violento y altivo, llegaríais a las manos, mucho me temo. Si el rey lo desea, podría ir yo.
—¡Callaos ambos! —interrumpe el rey—. Ni vos, ni él, pondréis allí los pies. Por mis barbas, que veis aquí blancas, ¡ay del que me nombre a alguno de los doce pares!

Los franceses guardan silencio, intimidados.


XIX

TURPÍN DE REIMS se ha incorporado; sale de la fila y dice al rey:

¡Dejad tranquilos a vuestros francos! Siete años permanecisteis en este país: han soportado muchas penas aquí, muchas fatigas. Mas dadme, señor, el guante y el bastón, e iré hacia el sarraceno de España: tengo ganas de ver cómo está hecho.

¡Id y sentaos sobre esa alfombra blanca! ¡No volváis a tomar la palabra sobre este asunto, a menos que os lo ordene yo! —replica, irritado, el emperador.


XX

CABALLEROS francos —dice el emperador Carlos—, elegidme a un barón de mis dominios que pueda llevar a Marsil mi mensaje. Rolando exclama:

Que sea Ganelón, mi padrastro. Dicen los franceses:

Por cierto que es el hombre indicado; no podríais enviar a ninguno más sensato.

Y el conde Ganelón se siente penetrado por la angustia. Retira de su cuello las amplias pieles de marta, descubriendo su brial de seda. Sus ojos son veros, su rostro altivo; noble es su cuerpo y su pecho amplio: tan hermoso se muestra que todos sus pares lo contemplan. Ganelón se encara con Rolando:

¡Insensato! ¿Cuál es el motivo de tu frenesí? Todos aquí saben que soy tu padrastro, y sin embargo, me has señalado para ir al encuentro de Marsil. ¡Si Dios permite que regrese de esta empresa, te causaré males que durarán hasta el fin de tus días!

Son ésas palabras dictadas por el orgullo y la demencia —replica Rolando—. Bien saben todos que no me cuido de amenazas; mas para hacerse cargo de un mensaje se necesita tener juicio. Si lo desea el rey, estoy dispuesto: iré en vuestro lugar.


XXI

¡No HARÁS TAL! —responde Ganelón—. Ni eres tú vasallo mío, ni soy yo tu señor. Carlos me ordena que cumpla su servicio: iré, pues, a Zaragoza, donde está Marsil; mas antes de haberse apaciguado en mí la gran cólera que me invade, habré hecho una de las mías. Al escuchar tales palabras, Rolando comienza a reír.


XXII

AL ADVERTIR Ganelón la burla de Rolando, lo invade tal despecho que está a punto de estallar de rabia; poco le falta para perder el juicio.

Mal os quiero, a vos que habéis hecho recaer sobre mí esta elección injusta —le dice el conde—. Buen emperador, heme dispuesto; quiero llevar a cabo vuestra orden.


XXIII

¡IRÉ A ZARAGOZA! Es necesario, bien lo sé. Quien pone allí los pies, no ha de regresar. Recordad, por sobre todas las cosas, que vuestra hermana es mi esposa. Me ha dado un hijo, el más hermoso que existe. Su nombre es Balduino —añade—, ha de ser un hombre valeroso. A él dejo en herencia mis tierras y mis feudos. Tomadlo bajo vuestra protección, pues nunca volverán a contemplarlo mis ojos.

Muy tierno tenéis el corazón —contesta Carlos—. Fuerza os es partir, puesto que asi lo ordeno.


XXIV

DICE EL rey:

Acercaos, Ganelón, y recibid el guante y el bastón. Bien lo habéis oído: la elección de los francos ha recaído sobre vos.

Señor —replica Ganelón—, ¡todo fue por causa de Rolando! Toda mi vida le guardaré rencor, y también a Oliveros, por ser su amigo. En cuanto a los doce pares, que tanto lo quieren, aquí mismo los desafío, señor, ante vuestros ojos.

Sois demasiado iracundo —observa el rey—. Verdad es que iréis, puesto que es mi mandato.

Tal haré, mas sin ninguna garantía, como les sucedió a Basilio y a su hermano Basan.


XXV

EL EMPERADOR le entrega el guante, aquel que lleva en la mano derecha. Mas el conde Ganelón hubiera deseado hallarse a muchas leguas. Cuando se decide a tomarlo, el guante cae a tierra. Los franceses dicen:

¡Dios! ¿Qué augurio es ése? Grandes males habrá de acarrearnos esta empresa.

Caballeros —dice Ganelón—, ¡ya tendréis noticias de ello!


XXVI

SEÑOR —prosigue Ganelón—, dadme vuestra venia para partir. Ya que debo marchar, nada ha de retardarme. Y responde el rey:

¡Id en nombre de Jesús y con mi venia! Lo absuelve con su mano diestra y traza sobre él el signo de la cruz. Luego le entrega el bastón y el breve.


XXVII

EL CONDE Ganelón se dirige hacia su campamento. Adorna su persona con los mejores aderezos que puede hallar. En sus pies, coloca espuelas de oro y ciñe a su costado su espada Murglés. Monta sobre Techebrún, su corcel, cuyo estribo le sostiene su tío Guinemer. Entonces hubierais visto llorar a muchos caballeros, que se lamentaban :

¡Lástima grande de vuestro valor! Largo tiempo pertenecisteis a la corte del rey, donde se os tenía por noble vasallo. Ni siquiera Carlos podrá proteger ni salvar al que os señaló para esta misión. No, el conde Rolando no tendría que haber pensado en vos: vuestra estirpe es demasiado ilustre.

Y luego añaden:

¡Señor, llevadnos con vos!

¡No lo permita Dios, nuestro Señor! Más vale que yo solo muera, para que vivan tantos buenos caballeros. A Francia, la dulce, habréis de regresar, señores. Saludad a mi esposa de mi parte, a Pinabel, par y amigo mío y a mi hijo Balduino ... Brindadle vuestra ayuda y reconocedlo como vuestro señor —responde Ganelón. Y emprende el camino.

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LXXIX

ÁRMANSE los infieles con sus cotas sarracenas, casi todas con triple espesor de mallas, atan sus excelentes yelmos de Zaragoza y ciñen sus espadas de acero vienés. Poseen ricos escudos, picas valencianas y gonfalones blancos, azules y bermejos. Abandonando sus mulos y palafrenes, han montado sus corceles y cabalgan en apretadas filas. El día luce claro y brilla el sol: resplandecen todas las armaduras. Para realzar tal belleza, resuenan mil clarines. Tal es el zafarrancho que llega a oídos de los franceses. Y dice el conde Oliveros:

Señor compañero, puede ser que nos topemos con los sarracenos.

¡Ah! ¡Así lo permita Dios! —responde Rolando—. Aquí habremos de resistir, por nuestro rey. Es preciso sufrir por él las mayores fatigas, soportar los grandes calores y los grandes fríos, y perder la piel y aun el pelo. ¡Cuiden todos de asestar violentas estocadas, para que no se cante de nosotros afrentosa canción! Mala es la causa de los infieles y con los cristianos está el derecho. ¡Nunca contarán de mí acción que no sea ejemplar!


LXXX

OLIVEROS ha subido a una colina. Mira hacía su derecha, y ve avanzar las huestes de los infieles por un valle cubierto de hierba. Llama al punto a Rolando, su compañero y le dice:

¡Tan crecido rumor oigo llegar por el lado de España, veo brillar tantas cotas y tantos yelmos centellear! Esas huestes habrán de poner en grave aprieto a nuestros franceses. Bien lo sabía Ganelón, el bajo traidor que ante el emperador nos eligió.

¡Callad, Oliveros —responde Rolando—; es mi padrastro y no quiero que digáis ni una palabra más acerca de él!


LXXXI

OLIVEROS ha trepado hasta una altura. Sus ojos abarcan en todo el horizonte el reino de España y los sarracenos que se han reunido en imponente multitud. Relucen los yelmos en cuyo oro se engastan las piedras preciosas, y los escudos, y el acero de las cotas, y también las picas y los gonfalones atados a las adargas. Ni siquiera puede hacer la suma de los distintos cuerpos de ejército: son tan numerosos que pierde la cuenta. En su fuero interno, se siente fuertemente conturbado. Tan aprisa como lo permiten sus piernas, desciende la colina, se acerca a los franceses y les relata todo lo que sabe.


LXXXII

HE VISTO a los infieles —dice Oliveros—. Jamás hombre alguno contempló tan cuantiosa multitud sobre la tierra. Son cien mil los que están ante nosotros con el escudo al brazo, atado el yelmo y cubiertos con blanca armadura; relucen sus bruñidas adargas, con el hierro enhiesto. Habréis de dar una batalla como jamás se ha visto. ¡Señores franceses, que Dios os asista! ¡Resistid firmemente, para que no puedan vencernos! Los franceses exclaman:

¡Malhaya quien huya! ¡Hasta la muerte, ninguno de nosotros habrá de faltaros!


LXXXIII

DICE Oliveros:

Muy crecido es el número de los sarracenos y escaso me parece el de nuestros franceses. Rolando, mi compañero, tocad vuestro olifante: Carlos lo escuchará y volverá el ejército. —Locura fuera —responde Rolando—. Perdería por ello mi renombre en Francia, la dulce. Muy pronto habré de asestar recios golpes con Durandarte. Sangrará su hoja hasta el oro del pomo. Los viles sarracenos vinieron a los puertos para labrar su infortunio. Os lo juro: a todos les espera la muerte.


LXXXIV

¡ROLANDO, mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos habrá de oírlo y volverá con el ejército; podrá socorrernos con todos sus barones. —¡No permita Dios que por mi culpa sean menoscabados mis parientes y que Francia, la dulce, arrostre el desprecio! —replica Rolando—. ¡Más bien habré de dar recios golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado! Veréis su hoja cubierta de sangre. Los felones sarracenos se han reunido para desdicha suya. Os lo juro: todos ellos están señalados para la muerte.


LXXXV

¡ROLANDO, mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos, que está cruzando los puertos, habrá de oírlo. Os lo juro: volverán los franceses. —¡No plegué a Dios que jamás hombre vivo pueda decir que por causa de los infieles toqué mi olifante! —responde Rolando—. Nunca escucharán mis deudos tal reproche. Cuando se entable la feroz batalla, mil y setecientos golpes habré de asestar y veréis ensangrentarse el acero de Durandarte. Los franceses son denodados y pelearán valientemente; no escaparán a la muerte los de España.


LXXXVI

¿POR QUÉ habrían de menoscabarnos? —insiste Oliveros—. He contemplado a los sarracenos de España: son tantos que cubren montes y valles, colinas y llanuras. ¡Poderosos son los ejércitos de esta turba extranjera y muy reducido el nuestro! Y responde Rolando:

¡Ello me enardece más! ¡No plegué al Dios de los cielos ni a sus ángeles que por mi culpa pierda Francia su valer! ¡Antes prefiero la muerte a soportar el escarnio! ¡Cuanto más recios sean nuestros golpes, más habrá de querernos el emperador!


LXXXVII

ROLANDO es esforzado y Oliveros juicioso. Ambos ostentan asombroso denuedo. Una vez armados y montados en sus corceles, jamás esquivarían una batalla por temor a la muerte. Los dos condes son valerosos y nobles sus palabras.

Los felones sarracenos cabalgan furiosamente. —Ved, Rolando, cuán numerosos son —dice Oliveros—. ¡Muy cerca están ya de nosotros, pero Carlos se halla demasiado lejos! No os habéis dignado tocar vuestro olifante. Si el rey estuviera aquí, no nos amenazaría tal peligro. Mirad a vuestras espaldas, hacia los puertos de España; podrán ver vuestros ojos un ejercito digno de compasión: quien se encuentre hoy a retaguardia, nunca más podrá volver a hacerlo. —¡No pronunciéis tan locas palabras! ¡Malhaya el corazón que se ablande en el pecho! En este lugar resistiremos firmemente. Por nuestra cuenta correrán los lances y refriegas.


LXXXVIII

CUANDO advierte Rolando que está por entablarse la batalla, ostenta más coraje que un león o leopardo. Interpela a los franceses y a Oliveros:

Señor compañero, amigo: ¡contened semejante lenguaje! El emperador que nos dejó sus franceses ha elegido a estos veinte mil: sabía que no hay ningún cobarde entre ellos. Es menester soportar grandes fatigas por su señor, sufrir fuertes calores y crudos fríos, y también perder la sangre y las carnes. Herid con vuestra lanza, que yo habré de hacerlo con Durandarte, la buena espada que me dio el rey. Si vengo a morir, podrá decir el que la conquiste: "Ésta fue la espada de un noble vasallo."


LXXXIX

POR OTRO lado, he aquí que se acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo y sube por la pendiente de una colina. Interpela a los franceses y les echa un sermón:

Señores barones, Carlos nos ha dejado aquí: Por nuestro rey debemos morir. ¡Prestad vuestro brazo a la cristiandad! Vais a entablar la lucha; podéis tener esa seguridad pues con vuestros propios ojos habéis visto a los infieles. Confesad vuestras culpas y rogad que Dios os perdone; os daré mi absolución para salvar vuestras almas. Si vinierais a morir, seréis santos mártires y los sitiales más altos del paraíso serán para vosotros. Bajan del caballo los franceses y se prosternan en la tierra. El arzobispo les da su bendición en nombre de Dios y como penitencia les ordena que hieran bien al enemigo.


XC

SE YERGUEN los franceses y se ponen de pie. Están bien absueltos, libres de todas sus culpas y el arzobispo los ha bendecido en nombre de Dios. Luego montan nuevamente en sus ligeros corceles. Están armados como conviene a caballeros y todos ellos se muestran bien aprestados para el combate. El conde Rolando llama a Oliveros:

Señor compañero, bien hablasteis al decir que Ganelón nos había traicionado. Recibió como salario oro, riquezas y dineros. ¡Séale dado vengarnos al emperador! El rey Marsil nos compró como quien compra en un mercado, ¡pero esa mercancía, sólo habrá de obtenerla por el acero!


XCI

PASA ROLANDO por los puertos de España cabalgando a Briador, su rápido corcel. Se halla cubierto de su coraza que realza su figura y blande denodadamente su lanza. Hacia los cielos endereza la punta; un gonfalón todo blanco está atado al hierro y las franjas le azotan las manos. Noble es su apostura, risueño y claro su rostro. Le sigue su compañero, y los caballeros de Francia lo proclaman su baluarte. Su mirada se dirige amenazadoramente hacia los sarracenos y luego humilde y mansa hacia los franceses, a los que dice con gran cortesía estas palabras:

Señores barones, ¡despacio, cabalgad al paso! Estos infieles van en busca de su martirio. Antes de que caiga la noche habremos ganado un botín tan bello como suntuoso: nunca rey de Francia conquistó otro igual. Y al tiempo que así hablaba, topáronse los dos ejércitos.


XCII

DICE Oliveros:

No me impulsa el ánimo a discursos. No os dignasteis tocar vuestro olifante, y Carlos no está aquí para sosteneros. Ni una palabra sabe de esto, el esforzado rey, y no es suya la culpa, como tampoco merecen reproche alguno todos estos valientes. ¡Así pues, cabalgad con todo vuestro denuedo contra esas huestes! Señores barones, ¡manteneos firmemente en la contienda! En nombre de Dios os exhorto a bien herir. ¡Golpe dado por golpe recibido! Y no olvidemos la divisa de Carlos. Al oír tales palabras, los francos claman el grito de guerra:

¡Montjoie!

Quien así los hubiera escuchado gritar, tendría memoria de un magnífico denuedo. Luego cabalgan, ¡Dios, cuán fieramente!; para llegar antes, clavan las espuelas y comienzan a herir pues, ¿qué otra cosa les queda por hacer? Los sarracenos los reciben sin miedo. Y he aquí que se trenzan en combate moros y franceses.


XCIII

EL SOBRINO de Marsil, llamado Aelrot, cabalga el primero ante el ejército y va diciendo a nuestros franceses palabras afrentosas:

Francos felones, hoy habréis de combatir contra los nuestros. Aquel que os tenía bajo su custodia os traicionó. ¡Insensato el rey que os dejó en los desfiladeros! ¡Perderá su prestigio en este día Francia, la dulce, y Carlomagno el brazo diestro de su cuerpo! Cuando esto escucha Rolando, ¡Dios, lo invade gran cuita! Clava espuelas a su corcel, deja rienda suelta a sus bríos y corre a herir a Aelrot con todas sus fuerzas. Le rompe el escudo y le desgarra la cota, le abre el pecho, destrozándole los huesos y le quebranta el espinazo. Le arranca el alma con su lanza y la tira afuera. Hunde violentamente el hierro, estremeciendo al cuerpo; con el asta lo derriba muerto del caballo y al caer se le parte la nuca en dos mitades. No por ello deja Rolando de hablarle de esta guisa:

No, hijo de siervo, no está loco Carlos, y jamás amó la traición. Dejarnos en los desfiladeros fue en él valentía. No habrá de perder en este día su prestigio Francia, la dulce. ¡Herid, franceses, fue nuestro el primer golpe! ¡Con nosotros está el derecho y el error acompaña a estos felones!


XCIV

UN DUQUE, llamado Falsarón, se encuentra allí. Es hermano del rey Marsil y posee las tierras de Datan y de Abirón. No existe peor truhán bajo los cielos. Es tan amplia su frente que puede medirse medio pie entre sus dos ojos. Cuando ve muerto a su sobrino, lo invade gran duelo. Sale de entre la multitud, retando al
primero que encuentra, clama el grito de guerra de los infieles y lanza a los
franceses palabras injuriosas:

¡En este día, Francia, la dulce, perderá su honor! Oliveros lo oye y lo invade gran irritación. Clava las doradas espuelas en su montura y corre a herirlo como barón de buena ley. Le rompe el escudo, le desgarra la cota; le hunde en el cuerpo las franjas de su gonfalón y con el asta de la lanza lo arranca de los arzones y lo derriba muerto. Mira en el suelo al traidor que yace y le dice entonces fieramente:
—No me cuido de tus bravatas, hijo de siervo. ¡Atacad, franceses, que hoy
habremos de vencer! Y grita la divisa de Carlos:

¡Montjoie!

XCV
UN REY, llamado Corsablín, se encuentra allí. Es oriundo de Berbería, una lejana comarca. —Bien podemos entablar esta batalla —les grita a los demás sarracenos—:
son muy pocos los franceses y tenemos derecho a menoscabarlos. No será Carlos quien salve a uno solo. Ha llegado para ellos el día de su muerte. El arzobispo Turpín lo ha oído muy bien. No existe bajo el firmamento otro hombre a quien más odie. Clava sus espuelas de oro fino y lo acomete con violencia. Ya le ha roto el escudo, destrozándole la cota, la le ha hundido en el cuerpo su larga lanza. Con fuerza la empuja, sacudiéndola en las carnes del infiel hasta hacerlo vacilar; luego, con el asta, lo derriba muerto en el camino. Mirando hacia atrás, ve al felón caído y no deja de decirle unas palabras:

Infiel, hijo de siervo, ¡cuán falsamente habéis hablado! Siempre podrá
auxiliarnos mi señor Carlos; no está el huir en el ánimo de nuestros franceses, y todos vuestros compañeros habrán de quedar inmóviles por nuestra mano. Oíd esta nueva: preciso es que halléis aquí la muerte. ¡Acometed, franceses! ¡No flaquee ninguno! ¡Es nuestro este primer golpe, a Dios gracias! Y grita Turpín para quedar dueño del campo:

¡Montjoie!

XCVI
Y Garín acomete a Malprimís de Brigantia. El buen escudo del infiel de nada le vale. Garín le rompe la bloca de cristal y la mitad cae a tierra. Le desgarra la
cota hasta la carne y le hunde su buena pica en el cuerpo. El sarraceno se
desploma como una masa. Satanás se lleva su alma.


XCVII
SU COMPAÑERO Gerer ataca al emir. Le destroza la coraza, le desmalla la
cota y en las entrañas le hunde su buena pica; apoya con fuerza, hasta que el
hierro le atraviesa el cuerpo y con el asta lo derriba muerto en el campo.
—¡Qué magnífica batalla! —dice Oliveros.


XCVIII
EL DUQUE Sansón acomete al jefe moro. Le rompe el escudo que ostenta adornos de oro y florones. De nada le sirve su buena coraza. Le atraviesa el corazón, el hígado y el pulmón y lo derriba muerto, ¡haya de llorarlo quien quiera! —¡Este golpe es de un valiente! —exclama el arzobispo.


XCIX
Y ANSEÍS deja rienda suelta a su corcel y corre a atacar a Turgis de Tortosa. Le quiebra el escudo bajo la dorada bloca, desgarra de arriba abajo su doble cota y le hunde en el cuerpo el hierro de su buena pica. Empuja con fuerza y sale la punta por la espalda del adversario; ton el asta lo derriba muerto sobre el campo. — ¡Ese golpe es de un valiente! —dice Rolando.


C
Y ANGKLEROS, el Gascón, de Burdeos, espolea a su caballo, suelta las
riendas y acomete a Escremis de Valtierra. Le quiebra el escudo que lleva al
cuello, descoyunta sus partes, le rompe el ventalle de la armadura y lo hiere en el pecho, bajo la garganta; con el asta, lo derriba muerto de su silla. Luego le dice:

¡Heos perdido!


CI
Y OTÓN golpea a un infiel, Estorgán, en el borde superior de su escudo, de
tal suerte que le desgarra los cuarteles de blanco y bermellón; le rompe las partes de su coraza, le hunde en el cuerpo su afilada pica y lo derriba muerto sobre su rápido corcel. Luego le dice:

¡Buscad quien os valga!


CII
Y BERENGUER hiere a Estramariz. Le rompe el escudo, le desgarra la
loriga, a través del cuerpo le hunde su poderosa pica; entre mil sarracenos lo
derriba muerto. De los doce pares, diez. hallaron la muerte; ya sólo quedan vivos dos: Chernublo y el conde Margaris.


CIII
MARGARIS es un cumplido caballero, de gran donosura y firmeza, ágil y ligero. Espoleando a su caballo corre a herir a Oliveros. Le rompe su escudo bajo la bloca de oro puro. A lo largo de sus costados endereza su pica, mas Dios guarda a Oliveros: su cuerpo no ha sido tocado. El asta se quiebra, mas él no fue derribado. Margaris pasa a su lado sin que nadie le estorbe; hace sonar su trompa para reunir a los suyos.


CIV
EL COMBATE es magnífico, la lucha se torna general. El conde Rolando no preserva su persona. Hiere con su pica mientras le dura el asta; después de quince golpes la ha roto, destrozándola completamente. Entonces desnuda a Durandarte, su buena espada. Espolea a su caballo y acomete a Chernublo. Le
parte el yelmo en el que centellean los carbunclos, le desgarra la cofia junto con el cuero cabelludo, le hiende el rostro entre los dos ojos y la cota blanca de menudas mallas, y el tronco hasta la horcajadura. A través de la silla, con
incrustaciones de oro, la espada se hunde en el caballo. Le parte el espinazo sin buscar la juntura y lo derriba muerto con su jinete sobre la abundante hierba del prado. Luego le dice:

¡Hijo de siervo! ¡En mala hora os pusisteis en camino! No será Mahoma quien os preste su ayuda. ¡Un truhán como vos no habría de ganar una batalla!

CV
EL CONDE Rolando cabalga por todo el campo. Enarbola a Durandarte,
afilada y tajante. Gran matanza provoca entre los sarracenos. ¡Si lo hubierais
visto arrojar muerto sobre muerto y derramar en charcos la clara sangre!
Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y su buen corcel tiene rojos el
pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni los doce pares, ni los francos que hieren con redoblado ardor. Mueren los infieles, algunos desfallecen. Y el arzobispo exclama:

¡Benditos sean nuestros barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.


CVI
OLIVEROS cabalga a través del caos reinante en el campo. El asta de su lanza se ha quebrado y sólo le queda un pedazo. Va a herir a un infiel, Malón. Le rompe el escudo, guarnecido de oro y de florones, fuera de la cabeza le hace
saltar los dos ojos y se le derraman los sesos hasta los pies. Y entre los
innumerables cadáveres lo derriba muerto. Después mata a Turgis y Esturgoz.
Pero el asta se le ha roto y la madera se astilla hasta sus puños. —Compañero, ¿qué hacéis? —le dice Rolando—. En una batalla como ésta, de poco me serviría un palo. Sólo valen aquí el hierro y el acero. ¿Dónde está, pues, vuestra espada, cuyo nombre es Altaclara? Tiene guarnición de oro y su pomo es de cristal. —No he podido aún desenvainarla —respóndele Oliveros—, ¡tan ocupado me hallaba!


CVII
Mi SEÑOR Oliveros desnuda su buena espada, a instancias de su compañero Rolando y como noble caballero, le muestra el uso que de ella hace. Hiere a un infiel, Justino de Valherrado. En dos mitades le divide la cabeza, hendiendo el cuerpo y la acerada cota, la rica montura de oro en la que se engastan las piedras preciosas y aun el cuerpo del caballo, al que parte el espinazo. Jinete y corcel caen sin vida en el prado ante él. Y exclama Rolando:

¡Ahora os reconozco, hermano! ¡Por golpes como ése nos quiere el emperador! Por todas partes estalla el mismo grito:


CVIII
EL CONDE Garín monta el caballo Sorel, y el de su compañero Gerer tiene
por nombre Paso-de-Ciervo. Ambos sueltan las riendas, espolean a sus corceles y van a herir a un infiel, Timocel, el uno sobre el escudo y el otro sobre la coraza. Las dos picas se rompen en el cuerpo. Lo derriban muerto en un campo. ¿Cuál de los dos llegó antes? Nunca lo oí decir, y no lo sé.
El arzobispo Turpín ha matado a Siglorel, el hechicero que había estado ya en los infiernos: merced a un sortilegio de Júpiter logro tal empresa.
—¡He aquí a uno que merecía morir por nuestra mano! —dice Turpín. Y responde Rolando:

¡Vencido está, el hijo de siervo! ¡Oliveros, hermano mío, tales lances me son gratos!


CIX
LA BATALLA se ha tornado encarnizada. Francos y sarracenos cambian
golpes que es maravilla verlos. El uno ataca y el otro se defiende. ¡Tantas astas se han roto, ensangrentadas! ¡Tantos gonfalones yacen desgarrados y tantas enseñas! ¡Son tantos los buenos franceses que han perdido sus jóvenes vidas! Jamás volverán a ver a sus madres ni a sus esposas, ni a las huestes de Francia que los aguardan en los desfiladeros. Llorará por ello, y gemirá Carlomagno; mas ¿de qué le valdrán sus lamentaciones? Nadie podrá socorrerlos. Mala faena le hizo Ganelón, el día en que se fue a Zaragoza para vender a sus fieles. Por haber llevado a cabo tal acción, perdió los miembros de su cuerpo y aun la vida en Aquisgrán, donde fue juzgado y condenado a la horca, pereciendo con él treinta de sus parientes que no se esperaban esta muerte.


CX
LA BATALLA es prodigiosa y dura. Rolando hiere sin descanso, y con él Oliveros. El arzobispo dio ya más de mil golpes y no le van en zaga los doce
pares, ni los franceses que juntos atacan. Por centenas y miles mueren los
paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará luego escapatoria: quiéralo o no,
dejará allí su vida. Los francos van perdiendo su mejores puntales. No volverán a ver a sus padres y parientes, ni a Carlomagno que los espera en los desfiladeros. En Francia se levanta una extraña tormenta, una tempestad cargada de truenos y de viento, de lluvia y granizo, desmesuradamente. Caen los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y se estremece la tierra. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde Besanzón hasta el puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes resquebrajadas. Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna claridad, salvo cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el espanto. Algunos dicen:
—¡Esto es la consumación de los tiempos, ha llegado el fin del mundo!
Pero ellos nada saben, no son ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la
muerte de Rolando.


CXI

Los FRANCESES han combatido con entereza, firmemente. Han perecido multitudes de infieles, por millares. Apenas lograron salvarse dos sobre los cien mil que se habían juntado. Y dice el arzobispo:

¡Valerosos son nuestros guerreros! Nadie los tuvo mejores bajo el firmamento. Está escrito en los Anales de Francia que nuestro emperador tiene buenos vasallos. Recorren el campo, en busca de los suyos; lloran su duelo y su compasión por sus parientes, de todo corazón. con todo afecto. Contra ellos se adelanta, entre tanto, el numeroso ejército del rey Marsil.


CXII

VIENE Marsil a lo largo de un valle, con el poderoso ejército que ha juntado. Puede contar con veinte cuerpos de tropa que ha formado en batalla. Centellean los yelmos de oro, incrustados de pedrería, y también los escudos, y las lorigas recamadas. Siete mil clarines pregonan la carga, resuena el clamor por toda la región. Dice Rolando:

Oliveros, mi compañero y hermano, Ganelón, el villano, ha jurado nuestra muerte. No ha de quedar oculta su traición; tomará el emperador ejemplar venganza. Vamos a entablar una batalla áspera y violenta; jamás habrá visto hombre alguno encuentro semejante. Blandiré a Durandarte, mi espada, y vos, compañero, heriréis con Altaclara. ¡Por cuántas tierras las hemos llevado! ¡Cuántas batallas nos fueron por ellas favorables! ¡No habrán de cantarlas en afrentosa canción!


CXIII

CONTEMPLA Marsil el martirio de los suyos. Hace sonar sus cuernos y sus trompas, luego cabalga con la flor de su poderoso ejército. Entre los primeros galopa un sarraceno. Abismo: no hay otro más felón en la turba. Está lleno de vicios y de crímenes, y no cree en Dios, el hijo de Santa María. Es tan negro como la pez derretida, y más que todo el oro de Galicia lo tientan la traición y la matanza. Nunca lo vio alguno jugar ni reír. Pero es valeroso y temerario y por ello es grato al felón rey Marsil. Enarbola un dragón, en torno al cual se reúnen las huestes sarracenas. Mal había de quererlo el arzobispo, y desde el instante en que lo ve, sólo tiene el deseo de matarlo. —Gran herejía ostenta ese pagano —dícese por lo bajo—. Mucho mejor será que corra a matarlo: jamás gusté de cobardía ni cobarde.


CXIV

EL ARZOBISPO comienza la batalla. Monta el caballo que tomó a Gresalle, un rey al que había matado en Dinamarca. El corcel es de los buenos, muy rápido; tiene ligeros los cascos, las piernas delgadas, el muslo corto y ancha la grupa; sus flancos son largos y alto su espinazo. Su cola es blanca, amarillas sus crines, las orejas son pequeñas y tiene la cabeza leonada. Ningún otro corcel puede igualarlo a la carrera. ¡Con qué denuedo lo espolea el arzobispo! Acomete a Abismo, nadie podrá impedírselo. Corre a golpearle sobre su escudo mágico, en el que se engastan piedras preciosas, amatistas y topacios, y centellean los carbunclos: un demonio lo había donado al emir Califa, en el Val Metas, y éste lo ha obsequiado a Abismo. Hiere Turpín, sin miramientos; después de su acometida, no creo que el escudo valga ya un mal dinero. Atraviesa al sarraceno de parte a parte y lo derriba muerto sobre la tierra desnuda. Y dicen los franceses:

¡Admirable denuedo! ¡Nadie habrá de escarnecer la cruz mientras la tenga en sus manos el arzobispo!!


CXV
OBSERVAN los franceses la numerosa hueste de los infieles: por todo el
campo van apareciendo más soldados. Ocurre que llamen a Oliveros y a
Rolando, y a los doce pares, para que les presten su ayuda. Entonces les dice su parecer el arzobispo:

Señores barones: no penséis mal. Por Dios os suplico que no os deis a la
fuga, para que ningún valiente pueda cantar de vosotros afrentosa canción.
Mejor nos vale morir combatiendo. Pronto, según nos parece prometido, llegará nuestro fin, no viviremos más allá de este día; pero una cosa os puedo asegurar: abiertas de par en par están para vosotros las puertas del santo Paraíso; allí os sentaréis junto a los Inocentes. Al oír tales palabras, siéntense los francos tan confortados, que ni uno solo deja de gritar:

¡Montjoie!


CXVI
HAY ALLÍ un moro, de Zaragoza (la mitad de la villa le pertenece); su
nombre es Climorín, y no es hombre de ley. Él es quien recibió el juramento del conde Ganelón, y luego de besarlo en la boca en señal de amistad, le hizo don de su yelmo y de su carbunclo. Él afrentará a la Tierra de los Padres, dice, y al emperador arrebatará su corona. Monta en su corcel Barbamosca, que es más ligero que el gavilán o la golondrina. Lo espolea con fuerza, le suelta las riendas y acomete a Angeleros de Gascuña. Ni el escudo ni la coraza le son de alguna garantía. El infiel le hunde en el cuerpo la punta de su lanza; apoya con fuerza, el hierro lo traspasa de parte a parte; con el asta lo derriba de espaldas en el campo, gritando:

¡Estos engendros están hechos para ser destruidos! ¡Herid, sarracenos, para romper las filas! Los franceses exclaman:

¡Dios! ¡Qué valiente perdemos!


CXVII
EL CONDE Rolando llama a Oliveros y le dice:

Señor compañero, ha muerto Angeleros; no teníamos caballero más valiente. —¡Dios me conceda vengarlo! —responde el conde. Clava en su corcel las espuelas de oro puro. Blande Altaclara, cuyo acero chorrea sangre; con todas sus fuerzas acomete al infiel. Sacude la hoja en la herida y se desploma el sarraceno; los demonios se llevan su alma. Luego mata
al duque Alfayén, corta la cabeza a Escababi y desarzona a siete moros; nunca más volverán éstos a prestar su brazo en la batalla. Rolando exclama:
—¡Gran enojo invade a mi compañero! Bien vale su precio junto a mí. Por tales lances más nos quiere Carlos. Y con sonora voz, añade:

¡Al ataque, caballeros!


CXVIII
POR OTRO lado se acerca un infiel, Valdabrón, quien fue armado caballero
por el rey Marsil. Es dueño en el mar de cuatrocientos bajeles, y no hay un
marinero que no invoque su nombre. Por traición conquistó Jerusalén y violó el templo de Salomón, matando delante de las fuentes al patriarca. Él fue quien, luego de recibir el juramento del conde Ganelón, le hizo entrega de su espada y de mil monedas. Tiene por montura al caballo llamado Gramimundo, más veloz que el halcón. Clava en él sus agudas espuelas y embiste a Sansón, el opulento duque. Le parte el escudo, le rompe la cota y le hunde en la carne las franjas de su oriflama. Con el asta lo arranca de la silla y lo derriba muerto, gritando:

¡Matad, sarracenos, que será fácil la victoria! Y dicen los franceses:

¡Dios! ¡Qué duelo por este barón!


CXIX
SABED QUE cuando el conde Rolando ve muerto a Sansón, se siente
invadido por hondo pesar. Espolea su corcel y persigue al infiel con todos sus bríos. Enarbola a Durandarte, más valiosa que el oro puro. Ya lo embiste, el denodado, y golpea con todas sus fuerzas el yelmo incrustado de piedras preciosas. Le parte la cabeza, la loriga y el tronco, y la silla guarnecida y aun el lomo del caballo hiende profundamente. Luego, ¡alábelo quien quiera, o hágale reproche!, a los dos mata. —¡Cruel es para nosotros este lance! —dicen los infieles. Y Rolando responde:

No han de serme gratos los vuestros. ¡Con vosotros va el orgullo y la sinrazón!

CXX
HAY ALLÍ un africano, oriundo de África: Malquidán es su nombre, hijo del rey Malquid. Llevan sus armas incrustaciones de oro y relampaguean al sol, por sobre todas las demás. El caballo que monta se llama Saltoperdido; no hay otro que pueda igualarlo a la carrera. Acomete a Anseís y le asesta un mandoble sobre el escudo, partiéndole los cuarteles de bermellón y de azur. Le desgarra los paños de su cota y le hunde en el cuerpo su pica, hierro y madera. Muerto está el conde, terminó su tiempo. —Lástima de vos, barón —exclaman los franceses.


CXXI
VA POR EL campo Turpín, el arzobispo. Jamás cantó misa tonsurado alguno
que llevara a cabo tales hazañas por su mano. Dícele al infiel:
—¡Así te envíe Dios todos los males! Has matado a uno caro a mi corazón.
Azuza a su buen corcel y asesta sobre el escudo toledano del sarraceno golpe tal que lo derriba muerto sobre la hierba verde.


CXXII
ANDA POR otra parte un infiel, Grandonio, hijo de Capuel, rey de
Capadocia. Cabalga en un corcel llamado Marmorio, más rápido que el vuelo de las aves. Le suelta las riendas, clava las espuelas y corre a herir a Garín con todo su ánimo. Le parte su escudo bermejo, desprendiéndoselo del cuello. Después le abre la cota, le hunde en la carne su oriflama azul y lo derriba muerto sobre una alta roca. De tal guisa mata también a Gerer, a Berenguer y a Guido de San Antonio, corriendo a herir después al opulento duque Austori, quien tenía su feudo en Valeria y Envers, sobre el Ródano, y que halla la muerte por su mano. Regocíjanse los infieles, al tiempo que murmuran los franceses:
—¡Qué infortunio para los nuestros!


CXXIII
ENARBOLA su espada tinta en sangre el conde Rolando. Bien ha llegado a
sus oídos que los francos pierden ánimo y tan grande es su pesar que parécele que se le desgarra el corazón. Le dice al infiel:

¡Así te envíe Dios todos los males! ¡Mataste a uno que habrá de costarte muy caro! Espolea su corcel: ¿quién vencerá? He aquí que han trenzado ya combate.


CXXIV
ERA GRANDONIO valiente y denodado, temible y atrevido en la batalla. Se ha cruzado Rolando en su camino. Jamás lo ha visto: no obstante lo reconoce al punto por su altivo rostro, su porte gallardo, su mirada y su actitud; siente temor, no puede defenderse. Intenta huir, pero en vano. El conde le asesta tan prodigioso golpe que le raja todo el yelmo hasta el nasal, le parte la nariz, la boca y los dientes, el tronco todo y la cota de fuertes mallas, y la montura dorada, desde la perilla hasta el borde de plata, y aun el lomo del caballo hiere profundamente. Nada puede impedirlo: a los dos ha dado muerte y se lamentan por ello todos los de España. —¡Bien pelea nuestro protector! —dicen los francos.


CXXV
LA BATALLA se torna prodigiosa y precipitada. Los franceses combaten con vigor y coraje. Cortan puños, costados, espaldas, desgarran las ropas hasta la carne viva y chorrea la sangre en claros hilos sobre la hierba verde. ¡Tierra de los Padres, Mahoma te maldiga! ¡Entre todos los pueblos es más audaz el tuyo! Y no hay un sarraceno que no grite:

-¡Rey Marsil, a caballo! ¡Necesitamos tu ayuda!-


CXXVI
MARAVILLOSA y grande es la batalla. Hieren los francos con sus bruñidas
picas. ¡Hubieseis visto tanto dolor, tantos hombres muertos, heridos,
ensangrentados! Yacen los unos sobre los otros, vuelta la faz hacia el cielo o
contra la tierra. No pueden resistir tal quebranto los sarracenos: quiéranlo o no, abandonan el campo. Y los francos los persiguen con todos sus bríos.

CXXVII
EL CONDE Rolando llama a Oliveros y le dice:

Señor compañero, confesadlo: el arzobispo es muy cumplido caballero; no lo hay mejor bajo el firmamento; bien, hiere con la lanza y con la pica.

¡Prestémosle, pues, nuestro brazo! —responde Oliveros.

A tales palabras han reanudado el combate los francos. Los golpes son recios, violento el combate. Grande es el desamparo de los cristianos. ¡Cuán bello habría sido ver a Rolando y a Oliveros asestar tajantes mandobles con sus espadas! El arzobispo lidia con su pica. Pueden calcularse en cuatro mil los que hallaron la muerte por ellos, pues cuenta la Gesta que está escrito su número en las cartas y los breves. Resistieron firmemente los cuatro primeros asaltos, pero el quinto les infligió gran quebranto. Muchos caballeros franceses perecieron; sólo quedan sesenta que Dios ha guardado. Antes de morir, habrán de venderse muy caro.


CXXVIII
CONTEMPLA el conde Rolando la gran mortandad de los suyos y llama a
Oliveros, su amigo:

¡Buen señor, querido compañero, por Dios!, ¿qué os parece? ¡Ved cuántos
bravos yacen por tierra! ¡Buen motivo tenemos para apiadarnos de Francia, la
dulce y bella! ¡Cuan desierta quedará, vacía de tales barones! Ah, rey amigo,
¿por qué no estáis aquí? ¿Qué podríamos hacer, hermano Oliveros? ¿Cómo darle noticias de nosotros? Responde Oliveros:

¿Cómo. No lo sé. Ello podría dar lugar a que se nos afrentase, ¡y antes
prefiero morir!


CXXIX
ROLANDO dice:

Tocaré el olifante. Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos. Os lo juro, retornarán los francos. Responde Oliveros:

¡Fuera para todos vuestros parientes gran deshonor y oprobio y pesara
sobre ellos esta afrenta durante toda la vida! Cuando yo os lo aconsejé, nada
hicisteis. Hacedlo ahora, mas no será por indicación mía. ¡No fuera propio de un valiente tocar el cuerno! ¡Ya vuestros dos brazos tenéis cubiertos de sangre!
—¡Buenos golpes he dado! —dice el conde.


CXXX
—¡DURA ES nuestra batalla! —dice Rolando—. Tocaré mi cuerno y el rey
Carlos lo escuchará. —¡No sería propio de un valiente! —dice Oliveros—. Cuando yo os lo aconsejé, compañero, no os dignasteis escucharme. Si el rey hubiese estado aquí no sufriéramos quebranto alguno. Los que ahora yacen no merecen reproche. Por mis barbas, que si me es dado retornar junto a Alda, mi gentil hermana, ¡jamás habréis de reposar en sus brazos!


CXXXI

¿POR QUÉ contra mí volvéis vuestra cólera? —dice Rolando. Y responde Oliveros. —Compañero, vuestra es la culpa, pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y más vale mesura que soberbia. Si tantos franceses murieron, fue por vuestra ligereza. Nunca más volveremos a servir a Carlos. Si me hubierais escuchado, habría retornado mi señor; la batalla estaría ganada y muerto o prisionero el rey Marsil. En mala hora, Rolando, contemplamos vuestro denuedo. Carlos el Grande, que no tendrá su par hasta el juicio final, no volverá a recibir nuestra ayuda. Vais a morir y Francia será por ello afrentada. Hoy toca a su fin nuestro leal compañerismo: antes de esta noche habremos de separarnos, y nos será muy duro.


CXXXII

ÓYELOS disputar el arzobispo, y clavando en su corcel las espuelas de oro puro, va hacia ellos y les hace reproche:

¡Señor Rolando, y vos, señor Oliveros, por Dios os ruego que pongáis fin a esta querella! Tocar el cuerno no podría ya salvarnos, mas tocadlo de todos modos, será mucho mejor. Vendrá el rey y podrá vengarnos: no habrán de retornar alegres los de España. Nuestros franceses echarán aquí pie a tierra y nos encontrarán muertos y mutilados; nos pondrán en ataúdes, nos cargarán en acémilas y nos lloraran, llenos de dolor y piedad. Nos darán sepultura en atrios de iglesias y no seremos pasto de los lobos, los cerdos y los perros. —¡Bien hablasteis, señor! —responde Rolando.


CXXXIII
ROLANDO lleva el olifante a sus labios. Lo emboca bien y sopla con todas
sus fuerzas. Los montes son altos y larga la voz del cuerno; a treinta leguas se escucha prolongarse su sonido. Carlos lo oye, y como él todos sus guerreros. Exclama el rey:

¡Han trenzado combate los nuestros! Y Ganelón responde, llevándole la contraria:

Si otro fuera quien tal dijese, ciertamente se le tacharía de gran embustero.

CXXXIV
EL CONDE Rolando, con esfuerzo y grandes espasmos, toca dolorosamente su olifante. Por su boca brota la sangre clara, y se ha roto su sien. El sonido del cuerno se difunde a lo lejos. Carlos, que cruza los puertos, lo ha oído. El duque Naimón escucha y como él todos los francos. Y exclama el rey:

¡Es el olifante de Rolando! ¡No lo tocaría si no estuviese en trance de
batalla!
—¡No hay tal batalla! —responde Ganelón—. Sois ya viejo, vuestras sienes
están blancas y floridas; por vuestras palabras parecéis un niño. Bien conocéis el gran orgullo de Rolando: es maravilla que lo haya tolerado Dios tanto tiempo. ¿No ha llegado, pues, a conquistar Noples sin esperar vuestras órdenes? Los sarracenos hicieron una salida y presentaron batalla a Rolando, el buen vasallo. Para borrar las huellas del encuentro, éste mandó inundar los prados cubiertos de sangre. Por una sola liebre se pasa el día tocando el olifante. Hoy será algún juego que lleva a cabo entre sus pares. ¿Quién bajo el firmamento se atrevería a ofrecerle batalla? Cabalguemos, pues. ¿Por qué detenernos? Lejos, frente a nosotros, está aún la Tierra de los Padres.

CXXXV
EL CONDE Rolando tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y como él todos los franceses. Y dice el rey:

¡Largo aliento tiene este olifante! —¡Es que un valiente se emplea en ello! —responde el duque Naimón—. Estoy seguro de que ha trenzado batalla. El mismo que lo traicionó intenta ahora que faltéis a vuestro deber. Tomad las armas, clamad vuestro grito de guerra y corred en auxilio de vuestra buena mesnada. Harto lo oís: es Rolando que pierde esperanzas.


CXXXVI
EL EMPERADOR manda tocar sus olifantes. Los franceses echan pie a tierra
y se arman con sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen
escudos bien labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y
azules. Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los desfiladeros. Y van diciéndose los unos a los otros:
—Si cuando veamos a Rolando está aún con vida, ¡qué recios golpes daremos
con él! Mas, ¿de qué sirven las palabras? Llegarán demasiado tarde.

CXXXVII
AVANZA el día, resplandece la tarde. Las armaduras centellean bajo el sol.
Fulguran las cotas y los yelmos, y los escudos que llevan flores pintadas, y las picas y los dorados gonfalones. El emperador cabalga invadido de cólera, y los franceses pesarosos e iracundos. Todos vierten doloroso llanto, todos sienten gran angustia por Rolando. El rey ha mandado prender al conde Ganelón y lo ha entregado a los cocineros de su corte. Llama a Besgón, el jefe de éstos y le dice;

Guárdame bien a este felón: ha traicionado a mis mesnadas. Recíbelo Besgón bajo su vigilancia y lo hace custodiar por cien pinches de su cocina; los hay de los mejores y también de los peores. Le arrancan los pelos de la barba y de los mostachos, cuatro veces cada uno lo golpean con el puño, lo apalean con varas y bastones y le ponen alrededor del cuello una cadena, como a un oso. Luego lo cargan con gran menoscabo sobre un mulo, guardándolo de esta suerte hasta el día en que habrán de devolverlo a Carlos.

CXXXVIII
ALTAS y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y violentas las
aguas. Resuenan los clarines por todas partes y responden juntos al olifante. El emperador cabalga irritado y los franceses pesarosos e iracundos. Ni uno solo deja de llorar y lamentarse. Ruegan a Dios que preserve a Rolando hasta que lleguen al campo de batalla todos juntos: entonces, con él, combatirán. Mas, ¿de qué sirven las súplicas? En nada habrán de valerles: han tardado demasiado, no podrán llegar a tiempo.


CXXXIX
CABALGA el rey Carlos lleno de enojo. Su barba blanca se esparce sobre su loriga. Todos los barones de Francia clavan con fuerza las espuelas. Ni uno hay que no se lamente por no estar junto a Rolando, el capitán, cuando enfrenta a los sarracenos de España. Tal es su quebranto que no creen que sobreviva. ¡Dios! ¡Que barones son los sesenta que aún lo acompañan! Jamás los tuvo mejores ningún rey o capitán.


CXL
MIRA ROLANDO hacia los montes y las colinas. Contemplan sus ojos a
tantos de los de Francia que yacen muertos, y los llora como cumplido caballero:
—¡Señores barones, así Dios os tenga en su gracia! ¡Que otorgue a todas
vuestras almas el paraíso! ¡Que las reciba entre las santas flores! Jamás vi
vasallos mejores que vosotros. ¡Cuán largamente me habéis servido, luchando
sin descanso, conquistando para Carlos extensos países! Para su mal os ha
mantenido el emperador. ¡Tierra de Francia, eres un dulce país, mas el peor
azote te ha desolado en este día! Barones franceses, os veo morir por mí, y no
me es dado defenderos ni salvaros: ¡así os ayude Dios, quien jamás dijo mentira! Hermano Oliveros, no os habré de faltar. Me matará el dolor, si no muero por otra causa. ¡Señor compañero, volvamos al combate!


CXLI
EL CONDE Rolando ha retornado a la batalla. Enarbola a Durandarte, y lucha
como valiente. Ha descuartizado a Faldrón de Puy y a otros veinticuatro
enemigos, de entre los más nobles. Jamás hombre alguno deseará con tanto
ahínco tomar venganza. Así como el ciervo corre ante los perros, así huyen de
Rolando los infieles. Y dice el arzobispo:

¡He aquí algo bueno! Así debe mostrarse un caballero, portador de buenas
armas y jinete en buen caballo: fuerte y altivo en la batalla, o de otro modo no
vale cuatro ochavos. ¡Mejor fuera que se metiera a monje en un monasterio para rogar todos los días por nuestros pecados! Y responde Rolando:

¡Herid, no les hagáis merced! A tales palabras reanudan el combate los franceses. Mas los cristianos sufrieron grandes pérdidas.


CXLII
AL SABER que en tal batalla no habrán de hacerse prisioneros, todos se
defienden con fiereza. Por ello los franceses se tornan más audaces que leones.
He aquí que hacia ellos viene, como verdadero barón, el rey Marsil. Cabalga en un corcel al que llama Gañún. Clava fuertemente las espuelas y corre a herir a Bevón, señor de las tierras de Dijón y de Beaune. Le rompe el escudo, le desgarra la cota y sin que sea menester dar otro golpe, lo derriba muerto. Luego mata a Ivon y a Ivores; y con ellos a Gerardo de Rosellón. El conde Rolando no anda lejos, y le dice al infiel:

¡Dios te maldiga! ¡Tan injustamente has dado muerte a mis compañeros!
Antes de que nos separemos habrás de pagarlo, y conocerás el nombre de mi espada. Como cumplido barón lo acomete y le corta la muñeca derecha. Luego le rebana la cabeza a Jurfaret el Blondo, hijo de Marsil. Los infieles claman:

¡Ayúdanos, Mahoma! ¡Dioses nuestros, vengadnos de Carlos! A esta tierra ha traído tales felones que así deban morir, no abandonarán el campo. —Y dícense los unos a los otros—: ¡Huyamos, pues! Y vanse cien mil: llámelos quien quiera, no retornarán.


CXLIII
MAS, ¿DE QUÉ sirve su desbandada? Si ha huido Marsil, ha quedado su tío Marganice, que es dueño de Cartago, Alfrere, Garmalia y Etiopía, una tierra maldita: su señorío abarca la raza de los negros. Tienen éstos grande la nariz y amplias las orejas, y se encuentran allí juntos más de cincuenta mil. Dejan la rienda suelta a sus corceles y arremeten con furia y audacia, al tiempo que claman el grito de guerra de los infieles. Y dice entonces Rolando:

Recibiremos aquí nuestro martirio, y bien veo ahora que nos queda poco tiempo de vida. ¡Mas caiga ¡a deshonra sobre el que no se haya vendido a alto precio! ¡Herid, señores, con vuestros bruñidos aceros y disputad vuestros muertos y vuestras vidas para que Francia, la dulce, no sea menoscabada por nuestra causa! Cuando llegue a este campo Carlomagno, mi señor, y vea que cuenta dimos de los sarracenos, y encuentre quince infieles muertos por cada uno de nosotros, por cierto que no dejara de bendecirnos.

CXLIV
AL VER Rolando a la turba maldita, mas negra que la tinta y que solo los dientes tiene blancos, dice:

En verdad, ahora lo sé: hoy será el día de nuestra muerte. ¡Atacad, franceses, que yo vuelvo al combate! Y añade Oliveros:

¡Maldito sea el más lerdo! A tales voces, arremeten los francos contra la multitud.


CXLV
CUANDO los infieles ven que los franceses son pocos, se enorgullecen y se alientan los unos a los otros, diciéndose:

¡Es que va la injusticia con el emperador! Marganice monta su caballo alazano. Le clava fuertemente las espuelas doradas y hiere a Oliveros por detrás, en plena espalda. Desgarrando la brillante loriga, la pica se ha hundido en el cuerpo y luego de atravesar el pecho aparece por delante. Y dice Marganice:

¡Recio golpe recibisteis! El rey Carlomagno os dejó en los puertos para vuestra desdicha. Si nos causó muchos males, no tiene ya motivo para ufanarse: sólo con vos, bien he vengado a los nuestros.


CXLVI
OLIVEROS siente que está herido de muerte. Enarbola a Altaclara, de
bruñido acero y golpea a Marganice sobre el yelmo puntiagudo, de oro todo él. Hace saltar por tierra sus florones y sus cristales y le parte la cabeza hasta los dientes. Sacude la hoja en la herida y lo derriba muerto, diciéndole:
—¡Maldito seas, infiel! No digo que Carlos nada haya perdido; pero al menos
no podrás retornar a tu reino para vanagloriarte ante ninguna mujer o dama de
haberme despojado de un mal ochavo ni de haber causado perjuicio a mí, ni a
nadie en el mundo. Después llama a Rolando para que le preste ayuda.


CXLVII
SIENTE Oliveros que lo han herido de muerte. Nunca llevará a cabo venganza suficiente. En lo más compacto de la turba, acomete como verdadero barón. Hace pedazos escudos y picas, pies y puños, monturas y espinazos. Quien lo hubiera visto descuartizar infieles, amontonar los muertos sobre los muertos, tendría memoria de un buen caballero. No hay cuidado de que olvide la contraseña de Carlos y lanza su grito, alto y claro:

¡Montjoie!
Luego llama a Rolando, su par y amigo: y le dice:

Señor compañero, venid a mi lado, muy cerca, ¡con gran dolor habremos de separarnos en este día!


CXLVIII
ROLANDO mira el semblante de Oliveros: lo ve desencajado, pálido, sin color. Corre su clara sangre a los costados de su cuerpo y van cayendo los coágulos a tierra.
—¡Dios! —exclama el conde—, ¡no sé qué hacer! Señor compañero, ¡lástima grande de vuestro denuedo! Nadie habrá de igualaros jamás. ¡Ah, dulce Francia! ¡Cuan desierta quedarás sin tus mejores vasallos, humillada y vencida! ¡Gran daño sufrirá el emperador! Y con estas palabras, se desmaya sobre su corcel.

CXLIX
HE AQUÍ a Rolando sin conocimiento sobre su montura y a Oliveros mortalmente herido. Perdió tanta sangre que se han empañado sus ojos: ya no ve, ni de lejos ni de cerca, para reconocer a nadie. Al aproximarse a su compañero, lo golpea sobre el yelmo cubierto de oro y de piedras preciosas, y se lo parte hasta el nasal, mas sin herirle la cabeza. Ante la acometida, Rolando vuelve hacia él sus ojos y le pregunta con dulzura y afecto:
—Señor compañero, ¿sabéis lo que estáis haciendo? ¡Soy yo, Rolando, aquel que tanto os ama! ¡Nunca recibí vuestro reto!
—Oigo ahora vuestra voz —responde Oliveros—. Mas no os ven mis ojos: ¡plegué a Dios, nuestro Señor, no apartar de vos los suyos! Os he herido, perdonádmelo. —No me habéis causado daño —responde Rolando—. Os perdono aquí y ante Dios. A estas palabras, se inclinan el uno hacia el otro. Y así se separan, con gran afecto.


CL
SIENTE Oliveros la angustia de la muerte. Se le ponen en blanco los ojos, va
perdiendo el oído y se apaga su vista. Baja del caballo y se recuesta sobre la
tierra. En alta voz hace acto de contrición, juntas y alzadas al cielo ambas manos, rogando a Dios que le otorgue el paraíso, que bendiga a Carlos y a Francia, la dulce, y a Rolando, su compañero, por sobre todos los hombres. Le flaquea el corazón, se le desprende el yelmo y todo su cuerpo se abate contra la tierra. Ha muerto el conde, no ha demorado por más tiempo su partida; el esforzado Rolando llora por él y se lamenta; nunca os será dado ver en la tierra hombre más dolorido.


CLI
VE ROLANDO que ha muerto su amigo, y que yace con el rostro contra el suelo. Con gran dulzura, le dirige palabras de adiós:

¡Señor compañero, lástima grande de vuestra intrepidez! Días y años nos vieron juntos: jamás me causasteis daño alguno, ni yo a vos. Ahora que os veo muerto, me es ya dolor vivir. A estas palabras, el marqués pierde el sentido sobre su corcel, cuyo nombre es Briador. Sus estribos de oro fino lo mantienen derecho en la silla: por dondequiera que se incline, no podrá caer.


CLII
ANTES DE volver en sí y reanimarse Rolando, recobrándose de su desmayo,
lo alcanza un gran infortunio: han muerto los franceses, a todos ha perdido,
menos al arzobispo y a Gualterio de Ulmo. Gualterio bajó de los montes y contra los de España peleó reciamente. Sus hombres han muerto, vencidos por los infieles. Quiéralo o no, debe darse a la fuga hacia los valles, invocando la ayuda de Rolando:

¡Ah, gentil conde, valiente caballero! ¿Dónde estás? ¡Nunca tuve miedo
cuando estuviste a mi lado! Soy yo, Gualterio, el que conquistó Monteagudo; yo, el sobrino de Droón, viejo y canoso. Entre todos tus hombres, me querías por mi valor. Está mi lanza quebrada y traspasado mi escudo, y desgarradas las mallas de mi cota... Voy a morir, pero me he vendido a alto precio. Han llegado a oídos de Rolando las últimas palabras. Espolea a su corcel y a
toda brida corre hacia Gualterio.


CLIII
EL DOLOR y la cólera embargan a Rolando. En lo más compacto de la turba emprende la lidia. Veinte de los de España derriba muertos, Gualterio seis y cinco el arzobispo. Y dicen los infieles:

¡Qué felonía contemplamos! ¡Cuidad, señores, de que no escapen vivos! ¡Traidor el que no corra a atacarlos y cobarde el que les permita la huida!
Prorrumpen entonces en gritos y alaridos y de todas partes retornan al asalto.


CLIV
NOBLE guerrero es el conde Rolando, Gualterio de Ulmo cumplido caballero y el arzobispo hombre de probado valor. Ninguno de los tres quiere faltar a los otros dos. En lo más recio de la lid, acometen a los infieles. Mil sarracenos han echado pie a tierra; a caballo son cuarenta millares. Miradlos: ¡no osan aproximarse! Desde lejos les arrojan lanzas y picas, flechas, dardos y venablos. . . A los primeros golpes matan a Gualterio. A Turpín de Reims le traspasan el escudo y le parten el yelmo, hiriéndolo en la cabeza; desgarran las mallas de su cota y atraviesan su cuerpo cuatro picas. Su caballo es muerto bajo él. ¡Lástima grande que haya caído el arzobispo!


CLV
CUANDO Turpín de Reims se ve derribado del caballo, y con el cuerpo
traspasado por cuatro picas, rápidamente se incorpora, el intrépido. Busca a
Rolando con los ojos, corre hacia él y le dice tan sólo:

No estoy vencido. ¡Mientras vive, un valiente no se rinde! Desenvaina a Almaza, su espada de bruñido acero, y en lo más apretado de las filas, asesta más de mil mandobles. Luego, Carlos dirá que a nadie dio cuartel,
pues hallará a su alrededor cuatrocientos sarracenos, heridos los unos, otros
traspasados de uno a otro costado y algunos con las cabezas cortadas. Así reza en la Gesta; así lo relata aquel que presenció la batalla: el barón Gil, que Dios favorece con sus milagros y que escribió antaño la crónica en el monasterio de Laon. Quien estas cosas ignora, nada entiende de esta historia.

CLVI
EL CONDE Rolando pelea noblemente, mas su cuerpo está empapado de sudor, ardiente; siente en su cabeza un dolor violento: al hacer resonar su olifante, se rompieron sus sienes. Pero quiere saber si ha de llegar Carlos. Toma el cuerno y lo toca, pero es débil el sonido. El emperador se detiene y escucha:

¡Señores! —exclama—, ¡gran infortunio nos alcanza! En este día, Rolando,
mi sobrino, habrá de dejarnos. La voz de su olifante me dice que le resta poca vida. ¡Quien quiera valerle, clave espuelas a su corcel! ¡Tocad vuestros clarines, todos cuantos haya en este ejército! Resuenan sesenta mil clarines, y tan alto que retumban las cumbres y responden las hondonadas. Óyenlos los infieles, y no se sienten movidos a risa. —Muy pronto nos dará alcance Carlomagno —dícense los unos a los otros.


CLVII
—¡RETORNA el emperador! —dicen los infieles—, escuchad los clarines de
las huestes de Francia. Si vuelve Carlos, grandes males nos alcanzarán. Si Rolando sobrevive, recomenzará la guerra; España, nuestra tierra, está perdida. Júntanse cuatrocientos, cubiertos con sus yelmos, de los que se estiman óptimos en las batallas y llevan contra Rolando un asalto duro y violento. Recia tarea le espera al conde.


CLVIII
CUANDO los ve venir, el conde se siente más fuerte, más fiero y ardoroso.
No cederá el terreno mientras le quede vida. Va jinete en el corcel llamado
Briador. Le clava las espuelas de oro fino y arrojándose en lo más compacto de las filas, a todos acomete. Con él está el arzobispo Turpín. Los infieles se dicen entre sí:

Amigo, ¡vamonos de aquí! Hemos escuchado los clarines de los franceses: ¡Carlos retorna, el poderoso rey!


CLIX
NUNCA el conde Rolando sintió inclinación por un cobarde, ni un soberbio,
ni un malvado, ni tampoco por un caballero que no fuera guerrero irreprochable. Llama, pues, al arzobispo Turpín:

Señor —le dice—, estáis a pie y yo monto un caballo. Por afecto hacia vos, resistiré firmemente en este lugar. Juntos quedaremos aquí para bien o para mal; no os abandonaré por ningún hombre, hecho de carne. Vamos a devolver a los infieles esta acometida. Los más recios mandobles serán los de Durandarte. Y responde el arzobispo:
—¡Malhaya quien afloje en la lid! ¡Retorna Carlos, quien habrá de vengarnos!

CLX
—¡EN MALA hora nacimos! —dicen los sarracenos—. ¡Que día de dolor despunto para nosotros! Hemos perdido a nuestros señores y a nuestros pares. Retorna Carlos, el valiente, con su poderoso ejército. Ya se oye el claro sonido
de los clarines de Francia; gran clamor levantan al gritar: "¡Montjoie!" Tan fiera
intrepidez anima al conde Rolando que ningún hombre hecho de carne habrá de
vencerlo jamás. Arrojemos contra él nuestras jabalinas y abandonémosle el
campo.
Y disparan en efecto dardos y jabalinas innumerables, picas, lanzas y flechas emplumadas. Rompen y taladran su escudo, y desgarran las mallas de su cota,
mas no alcanzan a herir su cuerpo. Empero, Briador ha recibido treinta heridas y
se desploma sin vida bajo el conde. Huyen los moros, dejándole libre el campo.
Queda solo el conde Rolando, desmontado.


CLXI
HUYEN Los infieles, llenos de pesar y enojo. Hacia España apresuran el paso, con gran trabajo. El conde Rolando no puede darles caza: ha perdido a Briador. su corcel. Le plazca o no, allí se queda, desmontado. Acude hacia el arzobispo Turpín para auxiliarlo. Le desata de la cabeza su yelmo guarnecido de oro y le quita su cota, blanca y ligera. Toma su brial y lo corta en bandas que luego introduce en las terribles heridas. Después lo estrecha entre sus brazos, contra su pecho; sobre la verde hierba lo recuesta con gran suavidad. Y le ruega quedamente:

Ah, gentil señor, dadme vuestra venia; he aquí muertos a los compañeros que tan caros nos fueron, no debemos abandonarlos. Quiero ir a buscarlos y a reconocerlos, para depositarlos todos juntos en una fila ante vos. Responde el arzobispo:
—¡Id, pues, y volved! Vuestro es el campo, ¡a Dios gracias!, vuestro y mío.

CLXII
PARTE Rolando. A través del campo se encamina, solo. Por valles y montes va buscando. [Halla entonces a Ivon e Ivores, y luego a Angeleros, el Gascón.]
Después encuentra a Garín y a su compañero Gerer, y también a Berenguer y a Otón. Descubre allí a Anseís y a Sansón, y más tarde halla a Gerardo el Viejo, de Rosellón. Uno a uno los alza en sus brazos, el esforzado, y cargado con ellos regresa junto al arzobispo. Ante sus rodillas los ha alineado. Prorrumpe en llanto Turpín, no puede contenerse. Levanta la mano para bendecirlos y les dice luego:

¡Lástima de vosotros, señores! ¡Que Dios, el glorioso acoja todas vuestras almas! ¡Que las recueste en el paraíso sobre las flores santas! ¡Cuán angustiosa, a mi vez, se me presenta la muerte! Nunca más verán mis ojos al poderoso emperador.


CLXIII
PARTE nuevamente Rolando, recorriendo el campo en sus búsquedas. Encuentra a su compañero Oliveros y lo estrecha contra su pecho, fuertemente abrazado. Como puede, regresa junto al arzobispo. Recuesta a Oliveros al lado de los demás, sobre un escudo, y el arzobispo lo absuelve, trazando sobre él la señal de la cruz. Redoblan entonces el dolor y la piedad, y exclama Rolando:
—Oliveros, gentil compañero, hijo erais del duque Ra-niero, soberano de la marca del Val de Runer. Para quebrar una lanza y romper los escudos, para vencer y humillar a los soberbios, para sostener y aconsejar a los hombres de bien, ¡no hubo en toda la tierra adalid que os aventajara!


CLXIV
CUANDO EL conde Rolando ve muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba, se enternece y prorrumpe en llanto. Su semblante pierde el color. Tan grande es su duelo que no pueden sostenerlo sus piernas: quiéralo o no, cae por tierra privado de sentido.

¡Lástima de vos, barón! —dice el arzobispo.


CLXV
AL CONTEMPLAR desmayado a Rolando, un dolor, el más profundo que
jamás haya sentido, invade al arzobispo. Extiende la mano y toma el olifante. Hay una corriente de agua en Roncesvalles: quiere llegar hasta ella y traerle un poco a Rolando. Se aleja a pasos cortos, vacilantes. Tan débil se encuentra que no puede avanzar. Flaquean sus fuerzas, ha perdido demasiada sangre; en menos tiempo del que necesita para atravesar un arpende de tierra, le falla el corazón y cae de cabeza. La muerte lo oprime con dureza.


CLXVI
EL CONDE Rolando recobra el conocimiento y se incorpora, mas padece crueles sufrimientos. Mira hacia arriba y hacia abajo: sobre la hierba verde, más allá de sus compañeros ve que yace en el suelo el noble barón, el arzobispo, que Dios había enviado entre los hombres para representarlo. Hace el arzobispo su acto de contrición, vuelve los ojos al cielo y, juntando sus manos, las eleva: ruega a Dios que le otorgue el paraíso. Ya se muere, el guerrero de Carlos. Fue durante toda su vida su adalid contra los infieles, por sus recias batallas y sus sermones admirables. ¡Así le otorgue Dios su santa bendición!


CLXVII
EL CONDE Rolando ve al arzobispo caído en tierra. Ve derramarse por el suelo sus entrañas, fuera del cuerpo, y gotear sus sesos por la frente. Bien en el medio del pecho le ha cruzado las manos blancas, tan bellas. Rolando comienza a lamentarse sobre él, según la ley de su tierra:
—¡Ah!, gentil señor, caballero de buena raza, en esta hora te encomiendo al
Todopoderoso del cielo. Jamás habrá quien mejor lo sirva. Jamás, desde los
apóstoles, hubo profeta como vos para amparar la ley y atraer a los hombres.
¡Que no sufra vuestra alma privación alguna! ¡Que le sean abiertas las puertas del paraíso!


CLXVIII
SIENTE Rolando que se aproxima su muerte. Por los oídos se le derraman los
sesos. Ruega a Dios por sus pares, para que los llame a Él; y luego, por sí
mismo, invoca al ángel Gabriel. Toma el olifante, para que nadie pueda hacerle reproche, y con la otra mano se aferra a Durandarte, su espada. A través de un barbecho, se encamina hacia España, recorriendo poco más que el alcance de un tiro de ballesta. Trepa por un altozano. Allí, bajo dos hermosos árboles, hay cuatro gradas de mármol. Cae de espaldas sobre la hierba verde. Y se desmaya nuevamente, porque está próximo su fin.


CLXIX
ALTAS SON las cumbres y grandes los árboles. Hay allí cuatro gradas,
hechas de mármol, que relucen. Sobre la verde hierba el conde Rolando ha caído desmayado. Y he aquí que un sarraceno no cesa de vigilarlo; ha simulado estar muerto y yace entre los demás, con el cuerpo y el rostro manchados de sangre. Se yergue sobre sus pies y se aproxima corriendo. Es gallardo y robusto, y de gran valor; su orgullo lo empuja a cometer la locura que lo perderá. Toma en sus brazos a Rolando, su cuerpo y sus armas y dice estas palabras:

¡Vencido está el sobrino de Carlos! ¡Esta espada a Arabia me la he de llevar! Al sentirlo forcejear, el conde vuelve un poco en sí.


CLXX
ROLANDO siente que lo quieren despojar de su espada. Abre los ojos y exclama:
—¡Tú no eres de los nuestros, que yo sepa! Tiene aún en la mano el olifante, que no ha querido soltar; con él golpea al infiel sobre su yelmo adornado con pedrerías y recamado de oro. Rompe el acero, el cráneo y los huesos, hace rodar fuera de la cabeza los dos ojos y ante sus pies lo derriba muerto. Después le dice:

Infiel, hijo de siervo, ¿cómo tuviste bastante osadía para apoderarte de mí, fuera o no tu derecho? ¡Todo aquel que te lo oyera decir te tendría por loco! He aquí quebrado el pabellón de mi olifante; el oro y el cristal se han desprendido.

CLXXI
ROLANDO siente que se le nubla la vista. Se incorpora, poniendo en ello
todo su esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca parda; da contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella.

¡Ah! —exclama el conde—. ¡Socórreme, Santa María! ¡Ah, Durandarte, mi buena Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado.
¡He ganado por vos tantas batallas campales, por vos he conquistado tantos
anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No caeréis jamás en las manos de un hombre que ante su semejante pueda darse a la fuga! Durante largo tiempo pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá espada que os valga en Francia, la Santa.


CLXXII
HIERE ROLANDO las gradas de sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se mella. Al ver el conde que no puede quebrarla, comienza a lamentarse para sí:

¡Ah, Durandarte, qué bella eres, qué clara y brillante! ¡Cómo luces y centelleas al sol! Hallábase Carlos en los valles de Moriana cuando le ordenó Dios por intermedio de un ángel que te donase a uno de sus condes capitanes: entonces te ciñó a mi lado, el rey grande y gentil. Por ti conquisté el Anjeo y la Bretaña, por ti me apoderé del Poitou y del Maine. Gracias a ti lo hice dueño de la franca Normandía, de Provenza y Aquitania, de Lombardía y de toda la Romana. Por ti vencí en Baviera, conquisté Flandes y Borgoña, y la Apulia toda; y también Constantinopla, de la que recibió pleitesía, y Sajonia, donde es amo y señor. Por ti domeñé Escocia e Inglaterra, su cámara, según él decía. Por ti gané cuantas comarcas posee Carlos, el de la barba blanca. Por esta espada siento dolor y lástima. ¡Antes morir que dejársela a los infieles! ¡Dios, Padre nuestro, no permitáis que Francia sufra tal menoscabo!


CLXXIII
HIERE ROLANDO la parda roca, y la quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte, y rebota hacia los cielos.
Cuando advierte el conde que no podrá romperla, la plañe, para sí, con gran
dulzura:
—¡Ah, Durandarte, qué bella eres, y qué santa! Tu pomo de oro rebosa de reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de monseñor San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia que caigas en poder de los infieles; cristianos han de ser los que te sirvan. ¡Plegué a Dios que nunca vengas a manos de un cobarde! Tantas anchurosas tierras he conquistado contigo para Carlos, el de la barba florida. Por ellas alcanzó el emperador poderío y riqueza.


CLXXIV
SIENTE Rolando que la muerte arrebata todo su cuerpo: de su cabeza desciende hasta el corazón. Corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante.
Vuelve la faz hacia las huestes infieles, pues quiere que Carlos y los suyos digan que ha muerto vencedor, el gentil conde. Débil e insistentemente, golpea su pecho, diciendo su acto de contrición. Por sus pecados, tiende hacia Dios su
guante.


CLXXV
ROLANDO siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un
abrupto altozano, con el rostro vuelto hacia España. Con una de sus manos se
golpea el pecho:

¡Dios, por tu gracia, mea culpa por todos los pecados, grandes y leves, que cometí desde el día de mi nacimiento hasta éste, en que me ves aquí postrado! Enarbola hacia Dios el guante derecho. Los ángeles del cielo descienden hasta él.



Fragmento elaborado por el prof. Cristhian da Costa

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