jueves, 19 de marzo de 2026

Introducción al teatro de Sófocles.- María Rosa Lida

Sófocles, según la autora, se limita simplemente, a diferencia de Esquilo o Eurípides, a retratar en sus tragedias los hechos tal cual son y suceden; no los explica porque no está en él dicha explicación, son los dioses los que dominan la vida del hombre. Los acontecimientos son crueles al punto que mueven al horror y la compasión al espectador con solo conocerlos. Dicho de otra forma, no es necesario presenciar la obra para sentirse identificado con el personaje. Es cierto que los sucesos lamentables pueden responder en ciertos casos a una carga hereditaria de culpa pero en definitiva y remitiéndonos exclusivamente a Sófocles en ningún momento se remite a esa culpa como causante de las desgracias; es así pero el poeta se limita a exponer lo sucedido y acusar de ello a las fuerzas extrañas que determinan la vida del héroe.

En Antígona la protagonista sucumbe ante la ciudad y esta será la base do los otros conflictos: justicia e injusticia, el mandatario y la voz popular, la autoridad de los viejos a la sabiduría de los jóvenes. La obra comienza con el dilema de sepultar o no a Polinices hermano de Antígona muerto mientras se disputaba la ciudad con su hermano quien también fallece. La sepultura implica un renacer porque quien está enterrado puede resurgir como resurge la semilla que ha sido depositada bajo tierra, pero el que no ha sido devuelto a la madre tierra no revivirá.

Los personajes de Sófocles son libres de tomar sus decisiones y así es como se muestra a una protagonista reveladora ayudada a su vez por el rol pasivo de su hermana quien permitirá el desarrollo de la personalidad opuesta en Antígona representante de los valores familiares e individuales a quien se le opone Creonte quien encarna los valores ciudadanos, la impersonalidad. 

El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia.- Cap. 2- La bella muerte y el cadáver ultrajado.- Jean-Pierre Vernant

Hacer de la muerte una forma de gloria imperecedera se logra a través de la exigencia propia y ajena de una “bella muerte”. Héctor, por ejemplo, puede optar por escapar o quedarse a pelear sabiendo que va a morir. Su condición de guerrero, sin embargo, lo obliga a pelear; la sociedad es quien le otorgará la gloria pero a cambio le exige su vida.

Morir en combate en la flor de la juventud confiere al guerrero cierto número de cualidades, virtudes y valores por los cuales compiten los nobles. Esta “bella muerte” (kalós thánatos) confiere a la figura del héroe caído la cualidad de “hombre valeroso” (anér agathós). Aquellos que hayan pagado con su vida su desprecio a la cobardía tienen garantizada la “gloria imperecedera” (kleós áphtbiton), otorgado por la “muerte gloriosa” (eukleés thánatos).

La hazaña heroica es una forma de escapar al envejecimiento y a una muerte en senectud; uno está más allá de la muerte cuando la busca; la verdadera muerte es el olvido, el silencio, la oscura indignidad y ausencia de renombre. Hacerse viejo supone ver cómo se va destejiendo el tejido de la vida, cómo desaparece el vigor, la gracia y la agilidad hasta desvanecerse. Implica verse como un espectro, ”como un cadáver minado desde adentro por la muerte”. La única forma de escapar es a través de la gloria (akleiós).

Si la figura viva del héroe resplandece por el vigor, la potencia y la fortaleza, el cadáver, sin embargo, carece te dichos elementos. No obstante su esplendor se ve marcado por la incomparable belleza de ese cuerpo (sóma) joven e incorrupto; se transforma en una unidad íntegra; se convierte en algo para otros. Es ahora cuando el guerrero pasa a ser objeto de atenciones, lamentos y ritos. A su vez, las heridas, la sangre y el polvo que cubre el cadáver son señal de su valía; incrementan su belleza (belleza guerrera no sensual). Pero en el caso de un cuerpo longevo su cabello encanecido y su cuerpo adquieren a causa de su terrible fealdad carácter obsceno.

Existen, sin embargo, formas de arrancarle al héroe su derecho a ser glorificado por haber entregado su bien más preciado ante una acción memorable, es decir, su vida. El héroe ha probado su valía de una vez y para siempre aunque los rituales fúnebres y las lamentaciones también son requisitos para una muerte honrosa. El ensañamiento con el cadáver por parte del adversario es una forma de ultrajar el cuerpo. Al mancillarlo este pierde su apariencia, su belleza y se afea. Ensuciar de polvo el cuerpo, desgarrar su piel para que pierda su color, limpieza de rasgos, brillo, su aspecto singular y su figura humana le evitan al muerto su estatuto de muerto glorioso del que se ha hecho merecedor. Al reducir el cuerpo a una masa informe que se confunde con la tierra se suprime la diferencia entre la materia inanimada y la criatura viva.

Otra forma de ultraje es el desmembramiento; reducir el cuerpo a piezas sueltas. Al perder su unidad queda reducido a estado de cosa; el agravio llega al extremo del horror al ser devorado por los perros y las aves. Al héroe cuyo cuerpo es arrojado a la voracidad de las fieras le es negado su condición humana, es devuelto a un estado de confusión, reenviarlo a la inhumanidad más absoluta. Al convertirse en la carne y sangre de esos animales queda eliminado todo vestigio humano.

Una tercera ofensa implica dejar el cuerpo al abandono para ser descompuesto por las moscas y comido por los gusanos. Esto supone exactamente el polo opuesto a la bella muerte dado que está más allá de lo horrible; causa espanto, repulsión, rechazo. El héroe se transforma en un muerto más.

(Esquema a cargo de Cristhian Da Costa)    


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